En una conferencia sobre nicotina en Suiza, el consenso ya estaba en la sala, definiendo en silencio los límites de la percepción.
En Barmelweid, la intervención inaugural llegó como la continuación de algo que ya estaba en marcha. José Luis Castro recorrió un repertorio familiar: la protección de los jóvenes, la cautela ante los nuevos productos, la vigilancia sobre un panorama de uso y hábito en transformación. Nada necesitaba argumentarse de forma explícita. El lenguaje descansaba sobre un reconocimiento previo, un punto de partida compartido que nadie en la sala parecía dispuesto a cuestionar.
Tal vez por eso atravesó la sala sin fricción: la ausencia de conflicto no señalaba tanto acuerdo como delimitación; un reconocimiento silencioso de lo que podía decirse, de lo que no hacía falta defender y de lo que ya había quedado resuelto de antemano.
El encuadre no empezó con el discurso. Ya estaba inscrito en el programa. A lo largo del día, los temas se alinearon con una desviación mínima: prevención de la nicotina, cultura sin humo, el lenguaje de la industria, el impacto de los nuevos productos en niños y adolescentes, estrategias digitales diseñadas para contener su expansión.
Este tipo de organización no tiene nada de excepcional en los encuentros contemporáneos de salud pública, donde la convergencia entre investigación, activismo y formulación de políticas tiende a estrechar el espacio para el disenso explícito. El lenguaje de la prevención ayuda a organizar la acción, pero también prefigura los términos del debate.
Lo que emergió no fue una confrontación entre interpretaciones rivales, sino la reiteración de un vocabulario compartido desde múltiples ángulos. En esa disposición, la conferencia funcionó menos como un espacio de reflexión y más como un mecanismo de estabilización: antes de preguntar cómo podrían distinguirse los riesgos, los usos y los contextos ya se había determinado qué distinciones contarían como relevantes.
De ahí provenía su coherencia.
Y también su límite.
En este contexto, la posición de Castro deja de ser incidental y pasa a formar parte del propio dispositivo. No habla desde la distancia, sino desde un papel que mezcla formulación, movilización y defensa de agendas. Como enviado especial de la OMS, su tarea consiste en amplificar mensajes, tejer alianzas y sostener prioridades institucionales.
Eso no disminuye el peso de lo que dice. Pero sí cambia la forma en que debe escucharse el discurso. No opera como un arbitraje entre hipótesis enfrentadas, sino como una intervención situada dentro de un esfuerzo más amplio por organizar percepciones, alinear interpretaciones y estabilizar marcos en el debate público.
En su favor, Castro no oculta ese desplazamiento. Lo dice con claridad: la política por sí sola no basta, porque a menudo va “aguas abajo de la cultura”. El problema, entonces, no es que el discurso disfrace sus prioridades, sino que desplace el centro de gravedad del debate: de diferenciar riesgos a definir los términos culturales y narrativos a través de los cuales estos riesgos serán comprendidos.
A partir de ese momento, el problema ya no aparece solo como una cuestión de evidencia o de incertidumbre científica, sino como una cuestión de percepción: cómo se ve la nicotina, cómo se interpreta y cómo es absorbida por el imaginario social. Castro marca explícitamente ese giro cuando plantea la prevención no solo como un asunto de regulación, sino también de comprender “cómo se posicionan los productos, cómo se utiliza el lenguaje y cómo se moldean las percepciones del riesgo”.
Va aún más lejos. Si la política suele ir “aguas abajo de la cultura”, entonces lo que importa es “la historia que estamos contando en la cultura”. En su formulación, la preocupación es que “la narrativa en torno a la nicotina se está configurando en otra parte”, en el lenguaje de la innovación, la elección y la reducción de daños y que, si no se controla, puede “arraigar antes de que hayamos tenido la oportunidad de definir la nuestra”.
Con ese movimiento, la disputa deja de limitarse a lo que se sabe para incluir también qué lenguajes reciben legitimidad para describir el problema. La cuestión ya no es solo qué cuenta como evidencia, sino quién define el terreno narrativo en el que esa evidencia será interpretada.
Ese desplazamiento altera la naturaleza del problema. Lo que antes parecía una cuestión de diferenciación del riesgo pasa a operar en el plano de la autoridad: quién define las categorías, quién nombra los fenómenos, quién establece equivalencias.
A medida que ese eje se desplaza, la precisión conceptual deja de ocupar el centro de la escena. Productos distintos empiezan a circular bajo una designación compartida, compartiendo lenguaje antes que propiedades.
“Los nuevos productos de nicotina y tabaco” se convierte menos en una descripción que en un contenedor. Dentro de él coexisten el cigarrillo electrónico regulado utilizado por un adulto que intenta dejar de fumar, el dispositivo ilegal diseñado para maximizar el atractivo juvenil, la experimentación ocasional, el uso regular, la iniciación, la sustitución y la recaída.
Esta economía cognitiva no es trivial. En condiciones de alta complejidad, las categorías amplias facilitan la comunicación, la toma de decisiones y la acción coordinada. Pero también reducen la capacidad de distinguir entre riesgos de distinta naturaleza, escala y consecuencia. Las diferencias no desaparecen. Pero empiezan a importar menos. Lo que permanece intacto es la continuidad de la categoría y la economía cognitiva que esta hace posible.
Esa economía cognitiva estuvo presente durante toda la jornada. Pero una vez que se vuelve al plano empírico —a los datos disponibles sobre el consumo juvenil—, el panorama resulta menos uniforme de lo que sugiere el lenguaje.
El uso juvenil de dispositivos electrónicos de nicotina, por ejemplo, está distribuido de manera desigual y no sigue una única trayectoria. En muchos casos, adopta la forma de experimentación episódica, a menudo entrelazada con otras conductas de riesgo y con entornos sociales específicos. Parte de esa variabilidad puede rastrearse a factores que preceden al contacto con el propio producto —patrones de riesgo, contexto familiar, salud mental, redes de pares— y que se resisten a quedar reducidos a cualquier lógica simple de exposición o acceso.
El uso más persistente tiende a concentrarse en grupos ya predispuestos al consumo de nicotina u otras formas de riesgo, lo que complica las explicaciones lineales basadas únicamente en las características del producto, el marketing o la disponibilidad. Al mismo tiempo, en varios países, el consumo juvenil parece haber alcanzado un pico antes de descender o estabilizarse, a menudo junto con caídas más pronunciadas en el consumo de cigarrillos combustibles.
Nada de esto borra el problema. Pero sí dificulta tratarlo como un fenómeno único, con una sola causa y una solución uniforme.
Una vez que esas distinciones pasan a un segundo plano, el diseño de las políticas tiende a seguir la misma lógica. Las intervenciones empiezan a operar como si estuvieran abordando un fenómeno homogéneo, incluso cuando los patrones de uso, motivación y riesgo difieren de forma marcada. Las medidas guiadas por modelos causales simplificados —centrados en el producto, el acceso o el marketing— pueden dejar prácticamente intactos los motores subyacentes de la demanda.
En algunos contextos descritos en la literatura reciente, esto no solo reduce la eficacia de las políticas, sino que abre la puerta a resultados menos intuitivos: los usuarios migran entre productos, los mercados paralelos se expanden y las alternativas potencialmente menos dañinas pierden terreno frente a formas de consumo más consolidadas.
Donde las alternativas se regulan sin diferenciación, la demanda no desaparece sin más. Se reorganiza, a menudo hacia patrones más arraigados y, en algunos casos, más perjudiciales.
El problema, entonces, ya no es solo el riesgo en sí mismo, sino la forma en que ese riesgo se distribuye —y, a veces, se redistribuye— mediante las propias respuestas diseñadas para afrontarlo. Eso es precisamente lo que se vuelve más difícil de ver una vez que un vocabulario único se instala demasiado deprisa sobre realidades heterogéneas.
En salud pública, existe una tensión inevitable entre la necesidad de simplificar y la obligación de distinguir. La simplificación ayuda a organizar la acción; hace posible la comunicación, la movilización y la escala. Pero toda simplificación tiene un coste: borra diferencias que, en algunos contextos, son precisamente las que más importan.
Simplificar es inevitable. Pero no toda simplificación es inocente.
En Barmelweid, ese equilibrio parecía inclinarse en una dirección concreta, no por un error evidente, sino por la fuerza de un consenso que llegó ya estructurado, con sus categorías preparadas, sus urgencias definidas y sus límites apenas visibles.
El riesgo no reside solo en lo que se dice sobre la nicotina, sino en lo que ya no puede reconocerse una vez que el lenguaje se estabiliza demasiado pronto. Lo que se pierde en estos casos no es solo el matiz, sino la capacidad de ajustar las respuestas a realidades que no encajan dentro de una sola categoría.
Disponible en: https://www.barmelweid.ch/news/artikel/11-nikotintagung-barmelweid-atem-und-wandel-breathe-for-change
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