Cómo Eliminar la industria del tabaco

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Hay dos formas de acabar con la industria del tabaco: mediante la competencia —la opción correcta, aunque poco probable— o mediante la exclusión —la opción equivocada—. La mejor salida consiste en alinear los objetivos de la industria con los de la salud pública.

¡Acabemos con la industria del tabaco! 

Es una idea pegadiza y ha sido asumida por distintos actores del ámbito de la salud pública y del control del tabaco. Véase, por ejemplo, ASH (EE. UU.): Making Tobacco Industry Elimination Inevitable (febrero de 2026).

El llamado tobacco endgame representa un cambio de fondo: pasar de reducir el daño a eliminar de forma permanente su origen. Ese informe define el tobacco endgame como «un plan concreto para poner fin a todas las actividades de la industria del tabaco, con un calendario específico y una estrategia adaptada a las necesidades de cada región».

También están los recién llegados de The School of Moral Ambition: Abolish the Tobacco Industry — No One Should Be Allowed to Addict and Poison Others on an Industrial Scale (mayo de 2024) o Tobacco Is One of the Deadliest Industries of Our Time. Let’s Take It Down Once and for All (abril de 2025).

La idea de eliminar la industria del tabaco parte de la convicción de que existe un conflicto irreconciliable entre los intereses de la industria tabacalera y la salud pública. De ahí se deduce, por tanto, que destruir la industria del tabaco debe de ser algo bueno para la salud pública. Ya he tratado antes el Principio del Conflicto Irreconciliable y el daño que ha causado. Este texto continúa con aquella reflexión.

¿Qué significa realmente “eliminar”?

Cabe esperar cierta claridad cuando se plantea un objetivo tan grandilocuente. ¿Cómo sabríamos que se ha alcanzado y cuál sería exactamente su alcance? ¿Se refiere a todas las empresas, incluidas las estatales o paraestatales, o solo a su bête noire, las tabacaleras «transnacionales» como BAT, JTI y PMI? ¿Abarca las operaciones comerciales vinculadas al tabaco fumado, a todo el tabaco o a todos los productos con nicotina? ¿Incluye cualquier actividad hacia la que una tabacalera pudiera diversificarse, como el cannabis o los «nootrópicos»? ¿Eliminar significa quiebra, opa hostil o, por ejemplo, que esas compañías queden reducidas a menos del 5 % de la capitalización bursátil que tenían cuando se proclamó ese objetivo?

¿Cómo va el asunto?

Si el objetivo es la eliminación, no va precisamente bien. Desde comienzos de 2024 hasta el 5 de abril de 2026, la cotización de BAT subió un 92 %, la de PMI un 68 % y la de Altria otro 68 %. El Dow Jones subió un 23 % [Yahoo Finance]. En líneas generales, las compañías iniciaron una remontada en 2024 tras unos años bastante mustios en bolsa.

Tampoco parece que estas empresas estén pensando en rendirse y echar el cierre. BAT, por ejemplo, asegura haber recuperado su pujanza financiera —lo que llama su «algoritmo»—: esto significa que espera, a mediano plazo, un crecimiento anual del 3-5 % en ingresos, del 4-6 % en beneficio operativo ajustado y del 5-8 % en beneficio diluido ajustado por acción. [Resultados de BAT 2025, febrero de 2026]. PMI presenta unas perspectivas financieras saludables: su ratio precio-beneficio (PER) es más alto que el de las demás, con 22; BAT ronda actualmente el 13 y Altria el 16. Este ratio mide el valor de mercado de una empresa en relación con sus beneficios operativos, o el precio de la acción en relación con el beneficio por acción.

Cuanto mayor es ese múltiplo, mayor es la confianza del mercado en las perspectivas futuras de crecimiento de la compañía. Algunos analistas sostienen que el múltiplo más alto de PMI se debe a una mayor proporción de ingresos procedentes de productos no combustibles: PMI obtuvo el 42 % de sus ingresos netos de productos no combustibles, frente al 18,2 % de BAT en 2025, lo que sugiere que está más avanzada y mejor posicionada en la transición. Esa ya era la situación en 2024.

A más largo plazo, estas empresas han sufrido reveses por parte de reguladores y litigantes, además de operar en un entorno político persistentemente hostil, así que no conviene leer esto como consejo de inversión. Lo único que digo es que, al menos a simple vista, parecen financieramente sólidas y orientadas al crecimiento.

De hecho, creo que afrontan un riesgo considerable, pero no precisamente por una buena razón.

El problema de fondo del discurso de la eliminación

El problema de estas ideas de eliminación es que hacen como si la demanda de nicotina pudiera desaparecer por arte de magia. Imagínese intentar lo mismo con el alcohol, una droga bastante más dañina que la nicotina. Habrá demanda de nicotina, nos guste o no. Y es probable que esa demanda crezca ahora que puede satisfacerse con un daño mucho menor para el consumidor y para terceros, y sin todo el paquete de políticas antitabaco coercitivas, punitivas y estigmatizadoras, justificadas por el objetivo de prevenir daños. El freno al uso de nicotina es hoy mucho más débil.

La demanda de nicotina tiene su raíz en sus efectos psicoactivos: placer, calma, estimulación, concentración; un sistema de recompensa que puede consolidarse en dependencia o adicción, según cómo se definan esos términos, quién sea el usuario y cuál sea el producto. No es este el lugar para profundizar en ello; remito a mi informe Nicotine for Policymakers.

Aun así, creo que hoy existen dos formas de eliminar a las tabacaleras actuales: una es buena, aunque improbable; la otra es mala, aunque más probable.

Dos maneras de eliminar a las tabacaleras actuales

Veo un mercado que se aleja de los productos fumados y se desplaza hacia los productos sin combustión, impulsado sobre todo por el interés propio del consumidor, por cambios en las normas culturales y por ventajas económicas. El consumidor migrará con el tiempo de los productos de alto riesgo a los de bajo riesgo, a ritmos distintos según la edad y con preferencia por comprar legalmente los productos que quiere. Al mismo tiempo, están emergiendo grandes mercados ilícitos para satisfacer la demanda de nicotina allí donde la prohibición, la regulación y la fiscalidad impiden a los consumidores adultos acceder a los productos que desean a un precio asumible. Mi segmentación, de forma sencilla, es esta:

Dada una demanda robusta de nicotina, solo hay dos formas de eliminar la industria del tabaco —al menos, las empresas que hoy la componen—:

  1. Que pierda frente a la competencia durante la transición desde el mercado actual hacia un futuro en el que la mayor parte del consumo de nicotina se realice mediante productos no combustibles.
  2. Que quede excluida de los mercados futuros como consecuencia de prohibiciones, medidas de endgame, regulación excesiva o fiscalidad desmedida, sustituyendo la oferta legal por grandes mercados ilícitos.

1. Perder: el mercado de la nicotina se vuelve cada vez más competitivo

Es la opción buena, pero menos probable. La aniquilación podría venir de la competencia de empresas que hoy no se consideran parte de la industria tabacalera. Compañías más ágiles, más rápidas y más innovadoras ganarían cuota en los nuevos productos, acelerando el declive del tabaquismo y erosionando el poder de fijación de precios de estas empresas —es decir, su capacidad de subir el precio de los cigarrillos para compensar la caída en ventas—. Eso privaría a las tabacaleras de liquidez y estrecharía sus márgenes operativos, que hoy son muy elevados y vulnerables a la competencia, presionando toda su estructura de costes. Los minoristas romperían el control que estas empresas ejercen sobre el espacio de exposición y favorecerían productos populares con mayores márgenes comerciales. Si se dejara actuar a la competencia, esta rompería el poder oligopólico de la industria tabaquera.

Pero la historia sugiere que los activistas del control del tabaco no saben gestionar la innovación disruptiva.

El caso de Juul en Estados Unidos

Curiosamente, eso empezó a vislumbrarse en Estados Unidos con el ascenso de Juul Labs Inc. entre 2016 y 2020. Pero ese proceso de destrucción creativa impulsado por el mercado fue abortado rápidamente por la oposición estridente de los activistas del control del tabaco —alimentando un pánico moral— y por las agencias federales mediante regulación —el absurdamente burocrático proceso PMTA de la FDA y sus exigencias de prohibir sabores— y desinformación —el alarmismo del CDC con el episodio EVALI—. Trabajaron juntos para retirar del mercado los productos más exitosos de Juul porque los jóvenes también los utilizaban como alternativa a los cigarrillos. ¿Y si hubieran dejado que Juul terminara el trabajo? Han hecho justo lo contrario: seguimos sin ver el innovador Juul 2 en el mercado estadounidense, a pesar de que estaba disponible en el Reino Unido hace ya cinco años. Así que Juul sigue intentando destruir el negocio del cigarrillo en EE. UU. con un producto que ya tiene más de diez años: Marlboro debería enviarle una tarjeta de agradecimiento a la FDA.

El caso del snus

El snus, un producto de tabaco, ha destruido gran parte de la industria del cigarrillo en Suecia, donde el tabaquismo ya ha caído por debajo del 5 %. La Unión Europea intervino en 1992 e impidió que esa disrupción se extendiera prohibiendo el snus. Desde entonces, 20 millones de europeos han muerto por enfermedades relacionadas con el tabaquismo. Imagínese lo contrario: ¿y si la UE lo hubiera promovido como alternativa de reducción de daños? Es posible que la industria del cigarrillo ya estuviera retrocediendo en Europa y que las bolsitas de nicotina se hubieran introducido hace veinte años. En su lugar, el 24 % de los europeos todavía fuma y la UE ya está hablando de prohibir esas bolsitas, que de hecho ya están vetadas en varios Estados miembros.

El caso de la India

Con más de 100 millones de fumadores, la India prohibió los vapeadores y los productos de tabaco calentado en 2019. Por ese acto de hostilidad hacia la innovación, su ministro de Sanidad recibió en 2021 una medalla del Director General de la OMS. La OMS dejó así bastante claro su rechazo a la innovación y a los nuevos entrantes disruptivos, normalizando de paso la protección de los intereses de las tabaqueras establecidas.

Los reveladores premios “Dirty Ashtray” y “Orchid”

En 2025, en la reunión COP-11, Nueva Zelanda recibió el humillante premio «Dirty Ashtray» por apoyar el vapeo como alternativa al tabaco y animar a la población a cambiar, a pesar de reducciones impresionantes del tabaquismo, especialmente entre la población maorí. A ojos de los activistas del control del tabaco, ese era el tipo equivocado de éxito. Ellos prefieren medidas prohibicionistas y por eso otorgaron un premio «Orchid» a México por su retórica antiindustria tabacalera y por sus prohibiciones del vapeo, que han regalado el mercado emergente de la nicotina a cárteles violentos.

El problema es que reguladores y activistas del control del tabaco detestan los mercados, la innovación y la competencia, y reaccionan contra ellos con una hostilidad casi automática. Como explicó Calestous Juma en su libro fundamental sobre la historia de la innovación:

A veces, las promesas de una nueva tecnología se reciben con escepticismo, vilificación u oposición abierta, a menudo dominadas por la calumnia, la insinuación, las tácticas del miedo, las teorías conspirativas y la desinformación.

La idea de que las nuevas tecnologías implican riesgos desconocidos guía gran parte del debate. Con frecuencia, eso se amplifica hasta niveles que eclipsan los peligros de los riesgos ya conocidos.

Pero esa reacción hostil suele tener efectos no deseados, aunque previsibles: eleva las barreras de entrada y favorece a las empresas más grandes, más ricas y ya instaladas. Es decir, a la industria tabacalera. O empuja el mercado hacia el comercio ilegal.

No sorprende, por tanto, que en Estados Unidos 82 de las 89 autorizaciones PMTA para alternativas sin combustión a los cigarrillos hayan sido concedidas a grandes tabacaleras [FDA database, 5 de abril de 2026], pese a los 26 millones de solicitudes presentadas por miles de pequeñas empresas. Para sobrevivir a ese sistema, una compañía necesita grandes volúmenes para repartir costes, pocos productos y sencillos, mucho dinero, tiempo de sobra, enormes recursos técnicos y financiación cruzada procedente de las ventas de cigarrillos. ¿A quién favorece eso?

Si reguladores y activistas dejaran de proteger el oligopolio tabacalero frente a la competencia, este mecanismo sería perfectamente plausible y yo estaría encantado de que perdieran frente a productos mejores y empresas más ágiles. Así funciona la competencia, y creo que estas compañías lo pasarían mal si se vieran expuestas al vendaval puro de la destrucción creativa. Pero, además, podrían asumir que sería un desenlace justo.

La razón principal por la que esta vía es poco probable es que el tipo de regulación preferido por los activistas del control del tabaco ayuda a los grandes operadores ya instalados y aplasta a los pequeños entrantes. Las compañías también pueden comprar innovación y empresas innovadoras, aunque eso no siempre les haya salido especialmente bien.

Qué haría falta para que funcione

Si de verdad quisieran que este método funcionara, haría falta una estrategia de comunicación, regulación y fiscalidad que ejerciera la máxima presión competitiva sobre las tabacaleras por parte de nuevos entrantes, advenedizos e insurgentes. Eso aceleraría la tendencia hacia los productos sin combustión, dejándoles un fondo de beneficios del cigarrillo cada vez más pequeño con el que subvencionar sus actividades en productos sin humo.

El instrumento clave sería una regulación y una fiscalidad proporcionales al riesgo, pensadas para aumentar la competencia dentro del sector sin humo y asfixiar rápidamente la vaca lechera del cigarrillo.

El problema es que los gobiernos, las agencias de salud pública, el mundo académico y los activistas del control del tabaco implicados en esto no tienen ni la disciplina intelectual ni la claridad moral necesarias para derrotar a las tabacaleras por la vía de la competencia y la innovación. Prefieren jugar la carta anticapitalista, pero al final lo único que consiguen es apoyar, sin querer, a los oligopolistas más poderosos y asentados o convertir los mercados en ilegales.

Y eso nos lleva a la segunda vía: más probable, pero profundamente indeseable.

2. Exclusión: el mercado de la nicotina se vuelve cada vez más ilegal

Es la opción mala, pero más probable. La espiral de muerte más verosímil para la industria tabacalera actual vendría de prohibiciones que conviertan en ilegal el mercado de los nuevos productos de nicotina más seguros o que impidan a las empresas que cumplen la ley participar en esos mercados mediante prohibiciones y regulación excesiva —cuasi prohibicionista—, como vetos de sabores o límites a la nicotina. Eso desplazaría la oferta hacia el comercio ilícito, con productos enviados desde el extranjero a intermediarios en los mercados finales y distribuidos mediante redes criminales o economías informales.

Las empresas se verían entonces obligadas a competir en el mercado menguante del cigarrillo. Y en ese mercado, la fiscalidad es el principal motor del comercio ilícito. Eso también podría expulsarlas del negocio —como ocurre, por ejemplo, con la retirada de BAT, de distintas maneras, en Sudáfrica y Australia—, porque el comercio ilícito deteriora la viabilidad económica del sector.

Algunos podrían considerar eso una victoria. Al fin y al cabo, Big Tobacco estaría retrocediendo. Luego eso tiene que ser bueno. ¿Recuerdan la prueba del grito y el principio del conflicto irreconciliable? Mejor no pensar así.

Convertir un mercado en ilícito no es una victoria. Los mercados ilegales carecen de regulación, de escrúpulos y suelen ir acompañados de violencia, extorsión y corrupción. Venden productos sin control, sin protección para el consumidor y sin posibilidad de reparación, y les da igual a quién venden y cómo lo hacen. Incorporan a jóvenes tanto como consumidores como «minoristas» y exponen a todos los eslabones de la cadena a otros productos y servicios ilícitos. Funcionan como escuelas de criminalidad y pueden arruinar barrios enteros y amenazar a comerciantes que sí cumplen la ley. Generan una amplia gama de delitos que saturan a las fuerzas del orden, aumentan la población reclusa y abren la puerta al soborno y la corrupción. En última instancia, los beneficios de los mercados ilegales pueden terminar financiando terrorismo u otras formas graves de delincuencia.

No debería ser necesario explicar que es preferible tener mercados legales. Incluso si las tabaqueras dominan esos mercados legales, sigue siendo mejor que dejar el negocio en manos del crimen organizado y los cárteles.

¿Y si se refuerza la vigilancia?

Quizá la respuesta consista en reforzar la aplicación de la ley para impedir la transición de mercados legales a ilegales. Eso supone imaginar una especie de muralla de tipos armados entre un mercado impecablemente regulado —tal y como lo desean los activistas— y bandas criminales que, por alguna razón mágica, perderían la capacidad de vender productos ilícitos muy rentables.

Eso no va a funcionar. Es una fantasía propia del control del tabaco: que los gobiernos deberían poder hacer lo que quieran —medidas de endgame, prohibir categorías enteras de productos sin humo, vetar sabores, limitar la nicotina, prohibir filtros, cerrar puntos de venta, etc.— y que luego unos agentes todopoderosos y omniscientes se encargarían de que la cosa saliera bien.

“Lo siento, estoy ocupado con otras cosas y, por cierto, eso nunca funcionará”.

No funciona así. Los mercados ilícitos son extraordinariamente adaptables y flexibles: si una vía falla, enseguida aparece otra. Se intercepta un contenedor de vapeadores ilegales; llegará otro. Se suprime el comercio minorista legal; aparecerá comercio minorista ilegal. Se cierra la tienda clandestina; surgirá un sistema de WhatsApp y reparto en bici. Se detiene a un gran proveedor criminal; habrá una guerra territorial y luego un nuevo jefe. La economía digital facilita todavía más esa fluidez: mensajería cifrada, redes sociales para publicitarse, cadenas de suministro complejas, sistemas de pago internacionales, criptomonedas, transporte en contenedores, empresas pantalla, etc. Yo veo el comercio ilícito y la aplicación de la ley como agua que fluye entre rocas: hay muchas salpicaduras y turbulencias, pero el caudal total cambia bastante poco.

El ejemplo perfecto de esta estrategia es Australia. La tabla del Comisionado australiano para el Tabaco Ilícito y los Cigarrillos Electrónicos [ITEC / Annual Report 2024-25] muestra que el tabaco ilícito ya representa el 50-60 % del mercado y que los vapeadores son más de un 95 % ilícitos.

Y eso después de gastar una cantidad enorme de dinero en control, sin lograr resolver un problema creado por el propio Estado:

El presupuesto de marzo de 2025-26 comprometió 156,7 millones de dólares australianos para afrontar desafíos clave, incluido el refuerzo de las competencias para incautar beneficios y activos criminales. Esto se suma al paquete de 188,5 millones anunciado en enero de 2024 para reforzar la perturbación y la disuasión del tabaco ilícito en Australia.


El primer año de trabajo del Comisionado ITEC se enmarca en el esfuerzo conjunto de todo el gobierno para ejecutar compromisos por valor de 345 millones de dólares australianos destinados a combatir el tabaco ilícito y los cigarrillos electrónicos.

Imagine por un momento que todo ese dinero se hubiera invertido en promoción de la salud dentro de un mercado regulado de forma proporcional al riesgo, animando a la población a cambiar hacia productos más seguros.

Los mercados ilícitos excluyen a las tabacaleras

Las tabacaleras no participan en mercados ilegales y, por lo general, intentan impedir que sus productos fabricados legalmente terminen siendo comercializados de forma ilícita por terceros. Es cierto que en el pasado explotaron el comercio ilegal organizando de forma indirecta el suministro ilícito de sus propios productos, pero hoy sus directivos se arriesgan a cargos gravísimos. Así que, cuando un mercado se apaga por prohibición o por regulación, en la práctica quedan excluidas. Entre los países que ya han prohibido los cigarrillos electrónicos figuran muchos grandes mercados con elevadas tasas de tabaquismo: Turquía, India, Brasil, México, Bangladesh, Malasia, Tailandia, Australia, Vietnam, Bélgica y Países Bajos, por citar solo algunos.

Y una estimación de mediados de 2025 situaba en 46 el número de mercados cerrados al suministro legal de cigarrillos electrónicos.

Eso no significa, por supuesto, que los cigarrillos electrónicos no estén disponibles en esos países. Significa que la decisión de prohibirlos equivale a impedir la oferta legal y entregar el mercado a redes criminales. Pero también tiene el efecto de excluir a las tabacaleras, reduciendo así su cuota de mercado.

Si la gran idea consiste en eliminar la industria tabacalera para sustituirla por cárteles y redes criminales, gracias, pero no. El problema es que los activistas del control del tabaco se comportan como si realmente quisieran que eso ocurriera y como si además los mercados ilícitos pudieran contenerse simplemente con más represión.

Un poco de humildad, y quizá una lectura seria sobre la guerra contra las drogas, ayudaría bastante a entender cómo suele acabar todo esto.

¿Existe una vía mejor?

Sí. Y tampoco es que resulte difícil mejorar una estrategia basada en crear enormes mercados ilegales o en proteger un oligopolio dentro de los mercados legales.

La alternativa exige que el legislador alinee —si hace falta, por la fuerza de la ley— los incentivos de las tabacaleras con los objetivos de la salud pública. Exige rechazar el Principio del Conflicto Irreconciliable. El objetivo debe ser menos pomposo, más útil y más alcanzable que «eliminar la industria del tabaco». La estrategia que propongo consiste en dirigir su alcance y su músculo económico hacia la rápida eliminación del tabaquismo —no del tabaco, no de la nicotina, no de las corporaciones—. Ese sí es un objetivo legítimo de salud pública y, además, alcanzable. Y, como sugería antes, quizá ya esté parcialmente alineado con los incentivos de estas compañías, en la medida en que intentan aumentar la proporción de ingresos procedentes de productos sin humo.

¿Se pueden alinear los intereses de la industria tabacalera con la salud pública?

Sí. Y no es difícil entender cómo. Basta con asumir algunas cosas, aunque resulten incómodas.

La demanda de nicotina probablemente seguirá existiendo. Lleva 12.000 años acompañándonos y la gente la consume por placer, por regulación del estado de ánimo, por supuestas mejoras cognitivas y por algunos efectos terapéuticos. Da igual que a uno eso le parezca mal o lo desapruebe: esto es una explicación, no una recomendación.

Más de mil millones de personas consumen nicotina a través de su sistema de administración más peligroso —fumar— y alrededor de ocho millones mueren prematuramente cada año como consecuencia. Muchos más jóvenes empiezan a fumar cada día, imitando a los adultos de su entorno. Todos ellos afrontan un riesgo serio.

Existe un amplísimo continuo de riesgo —probablemente de tres órdenes de magnitud— en las distintas formas de consumir nicotina, con una discontinuidad enorme entre fumar y los productos sin combustión. Se pueden conseguir beneficios sanitarios muy grandes si, a escala poblacional, el consumo de nicotina migra de formas de alto riesgo a formas de bajo riesgo. Y eso seguiría siendo cierto incluso si el consumo total de nicotina aumentara de manera considerable.

La mayoría de las personas que hoy se inician en el consumo de nicotina nunca llegarán a sufrir la carga de enfermedad y muerte asociada al cigarrillo a lo largo de varias generaciones. O bien no empezarán nunca o bien cambiarán a productos más seguros mucho antes de que el riesgo aumente a partir de los 40 años. El principal problema de salud pública está en los adultos de más edad con hábitos de tabaquismo arraigados y poca disposición a abandonar el cigarrillo.

La industria tabacalera sigue siendo una fuerza dominante en este mercado en casi todos los países del mundo. Puede actuar como motor principal de la migración del mercado de la nicotina desde formas de alto riesgo hacia formas de bajo riesgo, siempre que sus incentivos empresariales se alineen —o se fuerce su alineación— con ese objetivo.

Las tabacaleras no forman un único y monolítico Big Tobacco con una sola mente directora. Compiten entre sí, compiten con nuevos entrantes ajenos al tabaco y compiten con la oferta ilícita. A menudo también compiten internamente por definir el futuro de la empresa y por progresar profesionalmente. Algunas son estatales; otras son multinacionales cotizadas. Pueden desarrollar nuevas tecnologías mediante I+D o comprar propiedad intelectual y empresas pequeñas.

Tampoco son simples «maximizadoras del beneficio». O, mejor dicho, no solo eso. Su objetivo es maximizar el valor para el accionista, y eso incluye cómo valora el mercado la sostenibilidad de su modelo de beneficios a medio y largo plazo, ajustada al riesgo que asumen. El futuro importa hoy a sus accionistas. Como se decía antes, intentan aumentar la relación entre capitalización bursátil y beneficios, no solo los beneficios sin más. Una trayectoria creíble de transición hacia productos de bajo riesgo les ayuda precisamente en eso.

La evolución del mercado de la nicotina viene impulsada por la demanda de los consumidores de formas más seguras y mejores de consumirla. Hoy existen cinco mecanismos que están desplazando al cigarrillo:

  • Prevención: evitar el inicio del consumo de nicotina entre los jóvenes.
  • Abandono: cesación tabáquica clásica y abstinencia.
  • Sustitución: elegir productos sin combustión más seguros en lugar de fumar.
  • Desviación: optar por productos sin combustión en vez de empezar a fumar.
  • Muerte.

La sustitución y la desviación son mecanismos relativamente nuevos y pueden generar cambios muy rápidos en el riesgo sanitario poblacional. Funcionan para muchas personas porque permiten seguir consumiendo nicotina y satisfacen la demanda subyacente de la experiencia psicoactiva, que es resistente. No impiden ni la prevención ni el abandono y hasta pueden formar parte de una estrategia escalonada hacia la abstinencia: primero se resuelve el riesgo del tabaquismo y después ya se aborda, si se quiere, la abstinencia de nicotina.

Estas dinámicas están empujando a las tabacaleras a una transición empresarial que no pueden detener, aunque quisieran. Algunas lo han entendido y han intentado liderarla: PMI obtiene actualmente alrededor del 42 % de sus ingresos de productos sin humo y aspira a llegar al 66 % en 2030; BAT/Reynolds ronda el 18 % y quiere alcanzar el 50 % en 2035. Otras van rezagadas y lo pasarán mal a medida que la demanda del consumidor siga migrando. Y los activistas del control del tabaco, paradójicamente, están ayudando a las rezagadas.

Esa migración del mercado de la nicotina hacia productos mucho más seguros puede acelerarse o frenarse mediante decisiones sobre legislación, políticas públicas, regulación, fiscalidad, comunicación y práctica profesional. Todo ello moldea el comportamiento del consumidor y forma parte de la estructura de incentivos de las empresas. Un enfoque proporcional al riesgo funcionará. Tratar todos los productos del tabaco como si fueran equivalentes, no. Y tratar productos de consumo como si fueran medicamentos es, sencillamente, el enfoque equivocado: ha fracasado allí donde se ha intentado.

La pregunta del título debería formularse de otra manera: ¿qué podemos hacer para alinear los intereses de la industria tabacalera con la salud pública? No somos meros espectadores. Todos los recursos y el capital político de la salud pública pueden emplearse para algo útil y sería enormemente útil orientar la migración del mercado del tabaco y la nicotina desde formas de alto riesgo hacia formas de bajo riesgo.

Volver sobre el Principio del Conflicto Irreconciliable

En un texto anterior hablé de los efectos nocivos de aferrarse al Principio del Conflicto Irreconciliable: la idea de que existe un juego de suma cero entre los intereses de las tabacaleras y la salud pública. Ese principio no solo es erróneo y está mal planteado, sino que además transmite la idea de que la salud pública es impotente. Sugiere que no tenemos margen de acción ni capacidad de influir para alinear mejor los intereses de estas empresas con los objetivos sanitarios mediante leyes, regulación, impuestos y comunicación.

Y no es verdad.

El control del tabaco debería regirse por un solo principio: reducir el daño en la mayor medida posible y lo más rápido posible. En la práctica, eso significa hacer que el consumo de nicotina sea mucho menos dañino, en lugar de confiar en erradicar por completo su uso. Significa dar la máxima prioridad a la migración del mercado de la nicotina lejos del cigarrillo.

El Principio del Conflicto Irreconciliable es una reliquia del pasado y no resiste una comprobación seria frente a la realidad actual. Es, de hecho, una de las razones por las que los activistas del control del tabaco podrían estar haciendo hoy más daño que bien.

No tiene sentido intentar eliminar la industria tabacalera, salvo mediante las saludables fuerzas de la competencia. Porque algo peor ocupará su lugar. La competencia relevante debería orientarse a acelerar la migración del mercado de nicotina de consumo desde productos de alto riesgo hacia productos de bajo riesgo, guiada por consumidores informados y con capacidad de elección.

El problema de los fundamentalistas del control del tabaco es que no están seriamente comprometidos con ganar en términos de salud pública. Se conforman con seguir perdiendo en una guerra interminable e imposible de ganar: una guerra para eliminar la industria del tabaco eliminando la nicotina, ralentizando la salida del tabaquismo, perjudicando a más consumidores de nicotina y alimentando a bandas criminales.

La vía aquí propuesta es viable, ganable y eficaz desde el punto de vista de la salud pública. Incluso podría acabar eliminando a la industria tabacalera por la vía de la competencia —véase la opción 1—, pero eso no es ni necesario ni suficiente para considerar que se ha tenido éxito.


Este artículo fue traducido y adaptado al español por el equipo de Vaping Today. Publicación original: How to eliminate the tobacco industry. Si encuentra algún error, inconsistencia o tiene información que pueda complementar el texto, comuníquese utilizando el formulario de contacto o por correo electrónico a redaccion@thevapingtoday.com.

Clive Bates
Clive Bateshttps://www.clivebates.com/
Clive Bates ha tenido una carrera diversa en los sectores público, privado y sin fines de lucro. De 1997 a 2003 fue Director de Acción sobre Tabaquismo y Salud (Reino Unido). En 2003 se incorporó a la Unidad de Estrategia del Primer Ministro Blair como funcionario y ocupó altos cargos en el sector público y para las Naciones Unidas en Sudán. Ahora es Director de Counterfactual, actuando con consultoría y advocacy centrada en un enfoque pragmático de la sostenibilidad y la salud pública.

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