La caída del tabaquismo en Inglaterra es desigual: el humo persiste donde la vida pesa más. Entre justicia social y reducción de daños, el vapeo emerge como una alternativa.
Las medias nacionales tranquilizan. Pero la desigualdad siempre se esconde en el detalle. Inglaterra puede celebrar que el tabaco haya caído al 11%, pero esa victoria se reparte de forma desigual: el humo no se retira del país, se retira de ciertas vidas.
En los barrios más acomodados, según las cifras de la Encuesta de Salud para Inglaterra 2024, solo el 7% de los adultos fuma.
En las zonas más pobres, el tabaco sube al 17%. Entre los hombres en contextos más vulnerables, alcanza el 20%. No es solo una conducta: es un indicador de estrés crónico, precariedad, salud mental descuidada, trabajos más duros, redes de apoyo más frágiles.
Fumar —en el noreste, en Yorkshire, en tantos territorios posindustriales— funciona como una microeconomía del consuelo: barato, accesible, inmediato. Reducirlo exige algo más que campañas. Exige tiempo, acompañamiento, alternativas y una política que no confunda el castigo con el cuidado.
Por eso el otro dato resulta revelador: el vapeo crece más donde el tabaco se resiste. En las zonas más pobres, el 13 % vapea; en las más ricas, el 7 %. Leído sin prejuicios, esto sugiere una hipótesis incómoda: los vapeadores están ocupando el lugar que muchas estrategias tradicionales de abandono no lograron. No por glamour. Por eficacia práctica.
Y, sin embargo, el debate público suele ignorar esta escena y centrarse en otra: la del adolescente con un dispositivo de colores.
La ansiedad moral tiene un mecanismo conocido: se apela a la juventud para fijar la frontera de lo tolerable y, desde ahí, se reordena el resto.
Pero conviene sostener la pregunta que el texto plantea con intención crítica: ¿qué es lo que inquieta exactamente del vapeo juvenil? ¿La nicotina en sí o la ausencia de castigo visible? ¿El riesgo real o el hecho de que el placer, aunque sea menor, escape al control de los adultos?
El descenso histórico del consumo de cigarrillos entre menores es una de las grandes historias sanitarias de las últimas décadas. En 1997, un porcentaje alto de niños de 8 a 15 años había fumado alguna vez; hoy sería residual.
La cifra importa menos que la tendencia: el cigarrillo ha perdido su papel de rito de paso. El vapor, más discreto y sin olor, ocupa parte de ese terreno simbólico. La cuestión decisiva es si eso se traduce en más daño global o en menos combustión futura.
Aquí conviene un principio que la política suele olvidar: no toda intervención bienintencionada produce buenos resultados.
Una regulación que limite el acceso juvenil puede ser necesaria. Una regulación que, además, reduzca las opciones para fumadores adultos —sabores, formatos, disponibilidad— puede tener un efecto perverso: sostener el mercado del cigarrillo precisamente donde ya es un marcador de clase.
Louise Ross lo expresa desde la trinchera clínica: la meta central debería ser estar libre de humo, no necesariamente “libre de nicotina” a cualquier precio.
“La reducción gradual es posible, siempre que sea voluntaria, no punitiva”. El énfasis es clave: la salud pública funciona mejor cuando ofrece caminos, no cuando impone purgas.
Si el Estado convierte la política antitabaco en una política totalmente adversa a la nicotina, corre el riesgo de perpetuar lo que dice combatir: el cigarrillo como producto “zombi”, clínicamente obsoleto y económicamente sostenido.
Al final, lo que está en juego es una forma de justicia social. El médico canadiense Mark Tyndall lo resume con precisión: la lucha contra el tabaco no es solo un reto de salud pública, es un asunto urgente de equidad. Porque los muertos del tabaco no se distribuyen al azar. Se concentran donde la vida pesa más.
Inglaterra está más cerca que nunca de una sociedad poscombustión. Pero el futuro no llega a todos a la vez.
La pregunta política —la única que importa— es si la transición se hará con información clara y reducción de daños o con un moralismo que, en nombre de la protección, deje a los de siempre respirando el humo de siempre.
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