En Inglaterra, los nuevos datos oficiales revelan un cambio profundo en los patrones de consumo de nicotina y reabren el debate sobre desigualdad, reducción de daños y salud pública.
Hay datos que no se limitan a describir una tendencia: la obligan a existir en público. No informan, desplazan. Y, al desplazar, exponen la distancia, a veces cínica, entre lo que ocurre en los cuerpos y lo que se decide en los despachos.
La Encuesta de Salud para Inglaterra [Health Survey for England] 2024, publicada por el sistema sanitario británico, marca uno de esos puntos de inflexión. El hábito de fumar cae al 11% de la población adulta, el nivel más bajo desde que existen registros sistemáticos.
Al mismo tiempo, el uso de cigarrillos electrónicos alcanza el 10%. Casi un empate: por primera vez, Inglaterra se asoma a un país donde el humo deja de ser el vehículo hegemónico de la nicotina.
A simple vista podría parecer un cambio de costumbre: una tecnología sustituyendo a otra. Pero ese gesto —llevar algo a la boca, inhalar, exhalar— también es una gramática social. Y cuando la gramática cambia, cambian el riesgo, el mercado, el estigma y el tipo de intervención pública que se vuelve posible.
El salto es especialmente visible entre los adultos jóvenes.
Entre los 16 y 24 años, el vapeo deja de ser una excepción para convertirse en un hábito declarado: 19% de las mujeres y 16% de los hombres dicen usarlo actualmente, según la encuesta. La caída del tabaco, en paralelo, dibuja una escena inédita: la iniciación nicotínica ya no pasa necesariamente por la combustión.
“Estamos viendo cambiar los patrones de uso de la nicotina en toda la población”, interpreta Cliff Douglas, jurista y figura clave en la política contemporánea de control del tabaco.
Su lectura se apoya en un dato que merece una pausa: solo el 4% de los adultos que nunca han fumado dice que usa vapeadores actualmente.
“Eso apunta menos a una nueva epidemia y más a un movimiento hacia la reducción de riesgos entre fumadores”, sostiene.
La frase contiene una tesis que incomoda a quienes prefieren la moral a la epidemiología: el principal motor del vapeo no sería “captar nuevos dependientes”, sino sustituir el producto más letal por otro potencialmente menos dañino. No se trata de pintar el vapeo como inocuo —no lo es—, sino de leer su expansión donde realmente ocurre: en la frontera del abandono del cigarrillo.
La reducción de daños no es un eslogan; es una descripción. Y esa descripción se vuelve más elocuente al observar la desigualdad.
La encuesta muestra que el vapeo crece con más fuerza en los territorios donde el tabaco se aferra como hábito y como refugio. En las zonas más pobres, el 13% de los adultos usa vapeadores, frente al 7% en las áreas más ricas. Es decir: la tecnología menos tóxica se abre paso donde la vida suele ser más áspera. Ahí el dato deja de ser “comportamiento” y se convierte en una estrategia de supervivencia.
El tabaco ha sido históricamente una forma barata de pausa, un sedante cotidiano en paisajes de precariedad. Sustituirlo por vapor, aunque sea imperfecto, puede significar menos enfermedad, menos cáncer, menos EPOC, menos infartos.
El cuerpo, como suele ocurrir, llega antes que la ley. Pero el cuerpo no decide en un vacío. Decide en medio del ruido: titulares, advertencias, mensajes contradictorios.
Louise Ross, pionera de los programas británicos de cesación “amigables con el vapeo”, lo formula con una crudeza clínica: “Si no fuera por el pánico moral en torno a los cigarrillos electrónicos, muchas más personas vulnerables ya habrían dejado de fumar”.
Y añade una frase que debería alarmar a cualquier sistema sanitario serio: “Oímos una y otra vez: ‘al menos con los cigarrillos sabemos lo que llevan’”. “Eso es desinformación”, remata. “Y cuesta vidas”.
Entre el 11% que aún fuma y el 10% que vapea se juega algo más que un empate estadístico. Se juega si el Estado —y la salud pública— va a perseguir sustancias o, por fin, va a proteger a las personas con información clara, con jerarquía de riesgos, con políticas que reduzcan el daño real sin disfrazar de cuidado una vieja pulsión punitiva.
Claves según HSE 2024:
- Fumadores adultos: 11%
- Uso de cigarrillos electrónicos electrónicos: 10%
- Vapeo entre lostre los 16 y los y los 24 años años: 19% mujeres, 16% hombres
- Adultos nunca fumadores que vapean: 4%
Vapeo en áreas pobres vs. áreas. áreas ricas: 13% vs 7%
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