(1/3) Después de la COP11, el tratado permanece inmóvil, como la escritura sagrada. A su alrededor, el poder fluye —ágil, moralizado, peligrosamente limpio—.
Cuanto más silencioso el tratado, más lejos llega. Cuanto más técnico su lenguaje, más profundamente se incrusta en la vida cotidiana, no como ley, sino como condición.
La Undécima Conferencia de las Partes (COP11) del Convenio Marco para el Control del Tabaco (CMCT) reveló cómo un régimen puede crecer sin cambiar jamás de nombre. Cómo se expande sin confesión. Cómo silencia la disidencia no mediante la fuerza, sino mediante la estructura, asegurándose de que nunca entre del todo en la sala.
El título permanece. La sustancia, no.
Estuve en Ginebra durante esos días. Vi puertas cerrarse con precisión coreografiada, escuché la pausa contenida entre traducciones simultáneas y recorrí pasillos donde los delegados bajaban la mirada y hablaban más bajo aún, comunicándose apenas a través de sus vasos de cartón, sus zapatos, su cansancio.
Afuera, en el frío, entre colillas que nadie se había molestado en barrer, encontré una forma de poder que ya no necesita escribirse para gobernar. Manda en silencio. Sobrevive por costumbre. Y persiste, inadvertida, en la textura misma de lo cotidiano.
A primera vista, la COP11 parece una reunión técnica: neutral, objetiva, funcional. Pero sus rituales delatan otra naturaleza: una forma de poder que se mueve por repetición y gesto, no por proclamación. En esta primera parte, seguimos el trayecto donde el protocolo se vuelve representación, donde las puertas se cierran en sincronía y las decisiones se filtran en la vida diaria como si siempre hubieran estado ahí. La liturgia del control comienza como comienzan casi todas las liturgias: en silencio.
El resplandor que se apaga y un final que se siente rutinario
Cuando termina la última sesión, los intérpretes se quitan los audífonos como quien desconecta una máquina de soporte vital. Los delegados cierran sus laptops metálicos. El logotipo de la conferencia desaparece de las pantallas gigantes. No hay aplausos. Solo el apagarse de las luces.
Afuera, el viento barre un estacionamiento casi vacío. A lo lejos, la masa blanca del Mont Blanc sigue en su sitio de siempre. Colosal. Indiferente al destino de una coma, a la semántica de las cláusulas, a la coreografía de los borradores. Indiferente al lenguaje que sella, por consenso, una opacidad que nadie se atreve a nombrar ni siquiera en un susurro.
El edificio se vacía con la precisión esperada de la eficiencia suiza. Se reemplazan los botes de basura. Se abren puertas laterales con cuidado. Las acreditaciones aún cuelgan del pecho de quienes estuvieron de acuerdo por fe, por cansancio o por la callada certeza de que ya era demasiado tarde para disentir. Por convicción, conveniencia o agotamiento, hasta la arquitectura parece obedecer. En las grietas, el viento silba como una norma, marcando el inicio del invierno.
El concreto del Centro Internacional de Conferencias de Génova no guarda rastro de grandeza. Muestra desgaste. Líneas rectas. Un toldo demasiado ancho para el modesto flujo de personas.
Sobre él, el nombre se extiende en letras frías: CIG. Más arriba, una colorida pancarta de la COP11 intenta fabricar una celebración donde todo insiste en protocolo.
El régimen no se anuncia con grandeza. Se anuncia con normalidad.
Fue allí, entre la pantalla deslucida y el toldo, donde ocurrió algo menos modesto, algo que las credenciales translúcidas y la sobriedad de las carpetas azules, blancas y grises nunca terminaron de revelar.
Los delegados pasaban en silencio, en tríos, en pares: pasos cortos, medidos, casi solemnes. Pines dorados colocados con precisión geométrica en las solapas. Moños tensos que estiraban la piel. Corbatas centradas con vanidad burocrática, al milímetro. Zapatos de cuero lustrado con suelas discretas deslizándose sobre alfombras gruesas, amortiguando el sonido de todo.
Un asistente ajustaba su auricular incluso fuera de la sala. Un miembro del personal doblaba papeles como quien dobla una bandera. Al fondo, un técnico apagaba el tótem de la conferencia, luz por luz, hasta que solo quedó la pantalla en blanco, como si borrara un nombre con pinzas, letra por letra, sin dejar rastro.
Todo parecía provisional. Nada lo era.
Millones de muertes; miles de millones de dólares
Entre el 17 y el 22 de noviembre de 2025, Ginebra acogió la Conferencia de las Partes del tratado global de la Organización Mundial de la Salud, un instrumento legal que, desde hace más de dos décadas, moldea políticas fiscales, sanitarias y regulatorias sobre todo lo relacionado con el tabaco y, más recientemente, con la nicotina.
Una conferencia que se presenta como técnica, pero que regula gestos, ritmos y rutinas, incluso antes de ser comprendida.
Casi todos los países del mundo se han adherido al Convenio. Juntos —al menos en el papel— gestionan una epidemia que mata a unas ocho millones de personas al año y mueve cientos de miles de millones de dólares en impuestos, beneficios y comercio ilícito.
En teoría, las COP se presentan como reuniones técnicas: delegados alineados tras placas con códigos de colores, intérpretes encerrados en cabinas de vidrio, decisiones selladas por consenso y cristalizadas en discretos documentos titulados en inglés jurídico.
Sobre el escenario de la neutralidad, el papel es limpio y claro. Los cuerpos entre bastidores, no.
Basta con observar el subtexto de los gestos contenidos. El peso del audífono en las orejas, la forma en que el cuerpo aprende a no reaccionar en público, a percibir lo que está en juego: el futuro cotidiano de incontables vidas y lo que podrá venderse, fumarse, vapearse, gravarse o prohibirse en buena parte del planeta.
La COP no es solo un foro. Es el vértice decisorio de un tratado que atraviesa cadenas económicas multimillonarias y regula hábitos inscritos en miles de millones de cuerpos.
El camino hacia la entrada no ofrece espectáculo. Ofrece acera.
Entre el cuerpo y el toldo, hay un corredor de asfalto y hojas secas, un pasaje donde el cuerpo cruza del mundo común al espacio de la gobernanza, la estandarización y el control. Amarillo disperso sobre el suelo. Ramas casi desnudas. El edificio que se alza delante parece un bloque de concreto: pesado, lento, poco acogedor.
A la derecha, autos alineados con la disciplina del bordillo. A la izquierda, vegetación ya vencida por el invierno.
El evento comienza ahí, antes de la puerta. El mundo se estrecha, se vuelve más recto, más gris, más administrativo.
La vida se organiza en un trayecto. Un pie tras otro. Una credencial tras otra.
Al llegar a una de las salidas laterales, pienso en la coreografía precisa de los documentos finales; decisiones registradas como aprobadas por unanimidad, sin rastro de disenso, sin mención de tensiones internas.
Pienso en una política refinada en un laboratorio. Y entonces recuerdo al delegado que cruzó por mi camino minutos antes, con la mirada vacía de quien ha pasado horas en sesiones cerradas. Se detuvo, solo un segundo, como calculando la presencia de una cámara invisible, y dijo, en voz baja:
—No tengo permitido hablar con la prensa.
Prohibido.
La palabra se le quedó pegada al abrigo.
Afuera es el lugar más lejano del mundo
Camino más allá del perímetro de las credenciales. Y el mundo reaparece con signos más simples, menos ambiciosos, más honestos: huellas, horarios, señales. Personas que se encuentran. Personas que regresan de hacer la compra.
La parada del tranvía sigue exactamente en su sitio. Indiferente.
Un tren naranja llega y parte con la regularidad de algo que no necesita un plenario para funcionar. Sobre el asfalto, la marca de una bicicleta. En un poste, una señal azul con la figura de un adulto y un niño: un pictograma del cuidado que no requiere consenso, no produce informes ni se convierte en directiva. Simplemente indica lo que ya existe. Y sigue existiendo.
Aquí afuera, la política vuelve a ser esto: movimiento, tarifas, pasos apurados, bolsas colgando del antebrazo, manos frías, tiempo medido en minutos. Adentro, se debate sobre “emisión”, “producto”, “regulación” y “prohibición”. Afuera, el cuerpo solo quiere llegar.
A menos de trescientos metros de la entrada principal —ya más allá de la geometría del evento— otro edificio muestra su misión sin subtexto: UNHCR, en grandes letras azules sobre una fachada curva.
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, escrito en lo alto. La proximidad física solo acorta la distancia moral para dejarla al descubierto. Las instituciones pueden ser vecinas y, aun así, habitar mundos éticamente separados.
El viento no conoce la diferencia.
Henri fuma y no lee resoluciones
Es en este tramo de la ciudad, entre señales y fachadas institucionales, donde me cruzo con Henri. Sin credencial en el pecho. Solo un cuerpo expuesto al frío y a las reglas. Una parte invisible. Un trabajador franco-magrebí con una chaqueta barata, un cigarro encendido entre los dedos, esperando el tranvía. El paquete aparece y desaparece en su mano izquierda como un documento informal.
Entablo conversación en la parada. Responde con amabilidad, sin el reflejo entrenado del “sin comentarios”.
Digo —más por costumbre que por necesidad— que voy a Cornavin. Menciono que vengo de una conferencia organizada por la OMS. Henri nunca ha oído hablar del CMCT. Cuando menciono la COP11 y señalo el cigarro entre sus dedos, me mira con leve curiosidad, como quien observa una pecera.
Pero sonríe cuando le digo que soy de Brasil, más precisamente del sur profundo, de la misma ciudad que Ronaldinho Gaúcho.
Entonces muestra los dientes y suelta una carcajada:
— Ronaldinhooo… ufff… il est ouf!
La diplomacia, por un momento, se convierte en una caricatura alegre.
No dura.
El frío vuelve.
El paquete que sostiene Henri ya no cuesta lo que costaba hace años. El precio ha subido, como suben los impuestos y los gráficos técnicos y el número de enfermos. Sabe, con la lucidez indiferente de quien tiene poco margen de elección, que fumar hace daño. Se encoge de hombros. Inhala hondo. Exhala en el aire helado.
Cuatro furgonetas de vidrios oscuros cruzan nuestro campo visual en dirección contraria, quizá rumbo a alguna misión diplomática. Pasan sin sonido de voces, como si la ciudad hubiese abierto un corredor.
Henri apaga su cigarro con la suela del zapato. Yo, instintivamente, mantengo mi vape oculto entre el teléfono y la palma de la mano. Un pequeño acto de ocultamiento. Una pequeña puesta en escena.
La escena termina con un detalle que la COP jamás registrará en sus actas, pero que lo explica todo. En la entrada, un cenicero metálico rebosa de colillas aplastadas: filtros planos, papel húmedo, ceniza acumulada. Al fondo, borroso, el logo colorido de la COP11 flota como un sello limpio sobre un resto sucio. La imagen es indecente y simple: el régimen debate la salud pública en abstracto; el cuerpo deja residuos en el concreto.
En silencio, le envío un gesto a Edoxie Allier, por la foto.
Henri sube al número 8. Yo espero el 5.
Llega el bus. El Mont Blanc sigue ahí.
Habitamos zonas muertas, disueltas en paquetes de datos.
Y la pregunta que se impone antes de la cena no es metafísica, sino logística:
¿Hasta dónde llega el lenguaje normativo cuando la sustancia ya está en el suelo?
Próximo:
Cuando el gesto termina, comienza la estructura.
La Parte 2 examina cómo el lenguaje se endurece en arquitectura y cómo, detrás del ritual, un sistema levanta sus muros.
Fuentes y documentos
Todos los documentos oficiales, decisiones y materiales complementarios de la Undécima Sesión de la Conferencia de las Partes (COP11) del Convenio Marco para el Control del Tabaco (CMCT) de la OMS, celebrada en Ginebra en noviembre de 2025, están disponibles públicamente en el sitio web del CMCT de la OMS:
- Página principal de la COP11
- Decisiones adoptadas en la COP11
- Documentos principales
- Información complementaria
Entre los documentos clave mencionados en este artículo se encuentran:
- FCTC/COP11(1) Adopción de la agenda
- FCTC/COP11(2) Solicitudes de estatus de observador
- FCTC/COP11(3) Elección de las autoridades de los Comités
- FCTC/COP11(5) Medidas prospectivas de control del tabaco
- FCTC/COP11(7) Contribuciones obligatorias
- FCTC/COP11(9) Naciones Unidas libres de humo y aerosoles
- FCTC/COP11(10) Artículo 18 – Impactos ambientales
- FCTC/COP11(11) Plan de trabajo y presupuesto para el período 2026–2027
- FCTC/COP11(14) Elección del Presidente y Vicepresidentes
La lista completa está disponible aquí.
Este artículo es una publicación original. Si encuentra algún error, inconsistencia o tiene información que pueda complementar el texto, comuníquese utilizando el formulario de contacto o por correo electrónico a redaccion@thevapingtoday.com.
