David Nutt y el peso de las cosas

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En un debate saturado de símbolos, espantapájaros y advertencias, un científico insiste en medir. En distinguir. En consecuencias humanas. Y por eso mismo, es ignorado.

Tal vez era una mañana fría en Londres. Las respuestas llegaron como llegan los informes que nadie espera leer: abruptas, ruidosas, en mayúsculas. Como si la urgencia pudiera atravesar la pantalla.

David Nutt no se disculpa por el tono. No suaviza. No introduce. No matiza. Escribe como quien ya ha agotado todas las formas amables de ser ignorado. Como quien ha perdido la fe tanto en la forma larga como, quizás, en la escucha.

Mientras tanto, del lado institucional de la historia, la COP11 de la OMS sellaba sus resoluciones: vapor y humo, como si fueran lo mismo, prohibidos de los pasillos de las Naciones Unidas. Sin matices. Sin distinciones.

Una decisión que suena moralmente coherente. Nadie discute que hay que proteger. Pero, para Nutt, proteger sin distinguir es apenas renunciar con otras palabras. Y, en este caso, renunciar a la evidencia.

Desde hace años dibuja escalas, asigna pesos, mide. Y sigue repitiendo, como si nadie lo hubiera oído aún: el problema nunca fue la nicotina. Siempre fue el fuego.


David Nutt responde como quien ya conoce el destino de sus palabras. No busca suavizar ni construir un puente hacia la idea. Simplemente la suelta, en mayúsculas, sin ceremonia. Como telegramas desde una trinchera donde la evidencia ya no se impone, apenas resiste.

Los mensajes llegan como informes forenses, cada uno escrito como si viniera después de muchos otros que nadie quiso leer:

“FALLO – MÁS MUERTES”.
“LOS DAÑOS DE LA NICOTINA ESTÁN GROSERAMENTE EXAGERADOS”.
“USEN ANÁLISIS MCDA EN TODAS LAS DECISIONES”.

Es una entrevista remota que suena a medio camino entre un informe técnico y una alarma de incendios. Sin rodeos. Sin “por un lado, sí; por otro, no”.

Nutt no escribe: interrumpe.

Y en ese gesto —impaciente, casi ruidoso— hay una confesión muda: en el debate público sobre drogas, la forma larga se ha vuelto un privilegio reservado a quienes aún creen que alguien está escuchando.

Hay verdades que la política pública evita no porque sean inciertas, sino porque resultan demasiado incómodas para decirlas en voz alta. Mientras los tratados condenan, el profesor Nutt insiste en comparar —la combustión, el vapor, el error—.

En la biografía intelectual de David Nutt, la búsqueda nunca fue solo de datos, sino de estructura. De una escala. De una regla que se pueda poner sobre la mesa.


En 2014, David Nutt confirmó un artículo que intentó hacer algo a la vez banal y subversivo: comparar el grado de daño entre diferentes productos de nicotina, usando para ello una herramienta de ingeniería de decisiones tan burocrática como precisa: el Análisis de Decisión Multicriterio (MCDA).

  • Nutt, D. J., Phillips, L. D., Balfour, D., Curran, H. V., Dockrell, M., Foulds, J., Fagerstrom, K., Letlape, K., Milton, A., Polosa, R., Ramsey, J., & Sweanor, D. (2014). Estimating the harms of nicotine-containing products using the MCDA approach. European Addiction Research, 20(5), 218–225. https://doi.org/10.1159/000360220

La lógica era simple —y por eso mismo, explosiva—: si las políticas públicas se hacen en nombre del “daño”, ¿por qué no medirlo? El MCDA fue creado para eso: comparar variables en campos donde no existen métricas fijas. El proceso sigue una secuencia estructurada: se define el contexto, se eligen los productos, se acuerdan los criterios, se puntúa cada ítem, se asignan pesos y, al final, se calcula un índice general de daño. El método permite algo raro en debates morales: mostrar dónde hay diferencia y cuánta.

Funciona como un pequeño exorcismo. No de la política, sino de la moral disfrazada de ciencia. O, quizás, un exorcismo burocrático. Se define qué se entiende por “daño”, se enumeran los criterios, se pesan los impactos, se presenta la cuenta. La propuesta no es eliminar el juicio, sino asumirlo. Hacerlo visible. Medible. Ponerlo, finalmente, sobre la mesa.


David Nutt ya fue castigado por insistir en que los hechos, una vez medidos, no deberían doblegarse al protocolo político. En 2009, mientras presidía el Consejo Asesor sobre el Uso Indebido de Drogas (ACMD) del gobierno británico, acusó públicamente a la política de clasificación de drogas de distorsionar la evidencia científica. Le pidieron la renuncia —en la práctica, fue despedido— por decir lo obvio: que los datos no obedecen la jerarquía del poder.

El episodio lo transformó en una especie de hereje ilustrado: el científico que cree que su papel no es ser útil al gobierno, sino incómodo para la ignorancia.

Poco después, fundó DrugScience no solo como institución, sino también como declaración. Un recordatorio de que cuando la evidencia se acerca demasiado al poder necesita refugio. O, al menos, una puerta que se cierre desde dentro.

La negativa a distinguir entre el fuego y la alarma de incendio

Al observar la COP11 —la 11ª Conferencia de las Partes del Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco—, David Nutt reconoce, detrás de una retórica nueva, un impulso antiguo: el de la moral que prefiere prohibir antes que comprender. Lo que ve allí no es cautela, sino una claridad excesiva, una lógica binaria disfrazada de precaución. La negativa a clasificar se convierte en licencia para condenarlo todo de una sola vez.

Celebrada en Ginebra en noviembre de 2025, la COP11 produjo una serie de resoluciones técnicas sobre impactos ambientales, responsabilidad legal, financiamiento y otros ejes detallados en la trilogía The Purity Regime: Liturgy, Shielding and Doctrine. Pero fue una decisión simbólica la que más resonó: declarar todos los espacios de las Naciones Unidas libres de “humo y vapor”.

El acta de la reunión de la Unión Europea registra, sin ambigüedades, el efecto práctico de la decisión: una directriz de la COP instando a las Partes a prohibir por completo el uso y la venta de productos de tabaco —incluido el tabaco calentado— y de “productos emergentes de nicotina”, como dispositivos electrónicos, bolsitas y vaporizadores desechables en todos los espacios bajo jurisdicción de la ONU.

Para muchos delegados, la decisión sonó como prudencia institucional. Casi un reflejo sanitario. En un escenario saturado de marketing agresivo, inicio precoz y dudas toxicológicas, el impulso parece evidente: prohibirlo todo. Tratar humo y vapor como si fuesen un solo vector de riesgo.

Para Nutt, sin embargo, esa simplicidad encierra otra cosa: una negativa deliberada a distinguir entre el fuego y la alarma de incendio.


La fe en la medida

Cuando le pregunto cómo aplicaría su marco de evaluación de riesgo a los productos de nicotina —cigarrillos, vapes, tabaco calentado, nicotina oral—, Nutt no desarrolla. Solo remite:

“YA LO APLICAMOS — VE ESTE ARTÍCULO”.

El estudio, publicado en 2014 y ya comentado más arriba, tiene una claridad que hoy suena casi anacrónica… como el vestigio de una era en la que se creía que la comparación metódica aún podía ordenar el debate. Conducido por un panel internacional reunido por DrugScience —formado por Nutt, Lawrence Phillips, David Balfour, H. Valerie Curran, Martin Dockrell, Jonathan Foulds, Karl Fagerström, Kgosi Letlape, Anders Milton, Riccardo Polosa, John Ramsey y David Sweanor—, el grupo evaluó doce productos y los sometió a catorce criterios de daño: siete centrados en el usuario, siete en la sociedad. Con base en pesos acordados, se calculó un índice general para cada uno.

El resultado era cristalino. Los cigarrillos obtuvieron una puntuación de 100. Los pequeños puros, 64. Las pipas, 21. Todos los demás —cigarrillos electrónicos, tabaco oral, terapias de reemplazo de nicotina— quedaron con 15 o menos. Una diferencia de orden, no de grado.

Ese tipo de clasificación, si se tratara de otra cosa —autos, medicamentos, técnicas quirúrgicas— se consideraría el punto de partida de la regulación, no su final. Generaría políticas diferenciadas: más control sobre los productos más dañinos, incentivos para migrar hacia sustitutos de menor riesgo, un mensaje público capaz de sostener dos verdades al mismo tiempo.

Menos dañino no es inofensivo. Pero sigue siendo menos dañino.

La nicotina, como insiste Nutt, no habita el mismo universo moral que otras sustancias reguladas. Ocupa un territorio liminar. El punto donde la salud pública se encuentra con el pecado y donde las políticas resbalan del pragmatismo hacia la liturgia.

Le pregunto a Nutt qué es lo que más malinterpretan los responsables de políticas públicas sobre el riesgo de la nicotina. Responde sin dudar:

“LOS DAÑOS DE LA NICOTINA ESTÁN GROSERAMENTE EXAGERADOS”.

Y como si quisiera subrayar el punto en rojo:

“SOBREVALORAN LOS DAÑOS DE LA NICOTINA PURA Y LOS EQUIPARAN AL TABACO COMBUSTIBLE”.

Para Nutt, el error no es solo químico: es narrativo. La nicotina se convirtió en el nombre propio del cigarro, la parte que se puede citar sin tener que decir “cáncer”, “clase social”, “aburrimiento” o “dependencia”.

El humo es caótico; la nicotina, precisa. Es la parte legible del hábito. Y por eso, la más útil de demonizar.

La confusión no es solo política. Es estructural. Está en los medios, en la cultura, en las capas sociales donde el hábito de fumar persiste. El error es difuso, profundo, sedimentado en la cultura. Y hay datos que lo confirman. Una actualización de evidencias publicada por el gobierno británico reveló que, en 2021, solo el 11% de los fumadores adultos sabía que ninguno —o solo una pequeña parte— de los riesgos del tabaquismo se debían a la nicotina.

Con su obstinación técnica y la convicción de que hay una injusticia estructurada en curso, Nutt lee ese dato como un abogado lee un caso de identidad equivocada: si el villano tiene el nombre equivocado, el veredicto siempre será contra la sustitución.

Si la nicotina es vista como la asesina, la transición pierde sentido y los fumadores siguen haciendo lo que siempre han hecho: quemar.

Contra el aerosol, incluso sin fuego

El lenguaje de la COP11 sobre los productos que sustituyen a los cigarrillos —que evita distinguir entre humo y vapor y con frecuencia trata cualquier matiz como una amenaza a la implementación— no suena, para Nutt, como un error técnico. Es un retroceso.

“MUY REACCIONARIO, PORQUE NUNCA LOGRAREMOS ELIMINAR EL TABAQUISMO”,escribe.

Le pregunto si el lenguaje de la COP11 marca un giro: el abandono de la reducción de daños en nombre de una ideología de eliminación. Nutt responde como quien ya ha visto esta película y cuenta las muertes al final:

“FRACASO —MÁS MUERTES— ESTE ENFOQUE SE HA INTENTADO SIN ÉXITO DURANTE 50 AÑOS”.

Queda claro que Nutt no ve la “eliminación” como idealismo, sino como una falla reiterada. La respuesta lacónica en mayúsculas es, al mismo tiempo, contenido y forma; performa el cansancio de la repetición.

Su argumento se asienta en una antropología cruda: el uso de nicotina no desaparece porque un tratado desee que desaparezca. La verdadera cuestión, en este mundo, no es si es posible fabricar pureza, sino si todavía es posible fabricar menos muerte.

Le pregunto a Nutt cómo el enfoque de la COP11 podría afectar a los fumadores adultos que buscan alternativas menos nocivas, sobre todo en países con pocos servicios de cesación. Responde sin titubear, como quien ya no ve espacio para medias palabras:

“VA A INCENTIVAR QUE SIGAN FUMANDO Y NO MIGREN A ALTERNATIVAS MÁS SEGURAS COMO EL VAPEO”.

Esa frase concentra el temor central de la reducción de daños: que una política creada para combatir el riesgo termine protegiendo al mayor de ellos porque prohíbe sus sustitutos.

La decisión de la COP11 de declarar los espacios de la ONU “libres de humo y de aerosol” quizá sea su gesto más revelador. No se trata solo de una política de restricción: es una política de equivalencia.

Cigarrillos y vaporizadores, combustión y vapor, tratados como si exhalaran el mismo peligro. Como si la alarma y el incendio debieran tratarse con el mismo protocolo.

Para Nutt, la equivalencia no solo ciega, sino que sabotea la prevención. La equivalencia es enemiga de la prevención.


Contra el pecado y el pecador, no contra el riesgo

Nutt no es ingenuo respecto a lo que está en juego. La pregunta “¿por qué no seguimos la ciencia?” le suena mal formulada, tanto como “¿por qué la gente sigue fumando?”.

Ha pasado décadas diseccionando las capas morales que se infiltran en el debate sobre política de drogas y ve en la regulación de la nicotina una versión aún más cruda de esa contaminación ética.

“DE HECHO, ESTÁ AÚN MÁS BASADA EN LA MORALIDAD QUE OTRAS DROGAS”.

La nicotina carga con un estigma arraigado: el hábito que se huele, se ve, se toca. El tufo en el aire. Los dedos amarillos. El aura de adicción visible que escapó de los carteles de advertencia para alojarse en el cuerpo del fumador.

Tratar la nicotina como un espectro de riesgo suena, para muchos, como indulgencia. Como si, al relativizar, fuéramos engañados por ella o por quienes la defienden.

La postura pública de la OMS refleja —y amplifica— esa temperatura moral.

En su FAQ sobre cigarrillos electrónicos, el organismo afirma que la nicotina es “altamente adictiva y perjudicial para la salud”, que hay evidencia creciente de que los dispositivos electrónicos son nocivos e inseguros y que estudios epidemiológicos indican que los jóvenes que vapean tienen hasta tres veces más probabilidad de migrar al cigarrillo convencional.

El “llamado a la acción” de 2023 repite la alarma, ahora con vocabulario de urgencia. Exige medidas “decisivas” de prevención, con foco en la protección de niños, en contener el uso entre no fumadores y en la promesa de reducir daños a escala poblacional.


Interludio

Quien quiera seguir el hilo hasta el límite del enfrentamiento retórico encontrará en Clive Bates un guía impaciente y meticuloso. En dos ocasiones distintas, él desmontó, línea por línea, los argumentos de la OMS sobre cigarrillos electrónicos. No como divergencia académica, sino como acusación abierta de mala fe institucional.

En el texto World Health Organization fails at science and fails at propaganda – the sad case of WHO’s anti‑vaping Q&A, Bates examina la página de la OMS “E‑cigarettes: how risky are they?”, pregunta por pregunta, y argumenta que todas las respuestas son falsas, engañosas o simplistas. Según él, el documento confunde riesgo absoluto con riesgo relativo, ignora las distinciones entre vapor y humo y exagera los peligros para jóvenes y terceros.

Más tarde, en Fake news alert: WHO updates its post‑truth fact sheet on e‑cigarettes, Bates vuelve a la misma página —ya actualizada— para mostrar cómo las revisiones fueron meramente cosméticas. Acusa a la OMS de seguir distorsionando la literatura sobre riesgos comparados con el cigarrillo, efecto puerta de entrada, daños cerebrales en adolescentes y otros puntos clave.

En su diagnóstico, el FAQ de la OMS no es un instrumento de aclaración, sino una pieza de propaganda.


Pero lo que está en juego en este choque no se limita a la precisión de un párrafo o a la curaduría de estudios. El conflicto es estructural. Aquí la divergencia no es solo científica, es filosófica. Y profunda.

Nutt quiere una escala: medir, ponderar, jerarquizar. La OMS quiere un muro: contener, prevenir, bloquear cualquier entrada antes de que el daño se instale. Es la diferencia entre mapear riesgos y eliminarlos por decreto. Entre reconocer las gradaciones y negarse a nombrarlas.

Si para Nutt todo riesgo debe compararse, para la OMS ciertos riesgos deben ser silenciados —o igualados— para que ninguno escape.

Un informe de las National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine intenta plantear este dilema en términos menos exaltados. En lugar de consignas o condenas preventivas ofrece una ecuación: el impacto neto de los cigarrillos electrónicos sobre la salud pública dependerá del equilibrio entre tres fuerzas en tensión: la iniciación entre jóvenes, la cesación entre adultos y la toxicidad intrínseca de los productos.

Al fin y al cabo, el argumento no es si hay daños. La verdadera disputa es sobre el saldo: si el equilibrio poblacional se inclina hacia menos fumadores o hacia más usuarios de nicotina. Y cuál de esas curvas debe guiar la política pública.

La respuesta de Nutt a ese equilibrio es casi brutal en su simplicidad. Cuando se le preguntó cómo los científicos pueden corregir los equívocos sobre la nicotina sin, al mismo tiempo, incentivar su uso entre menores de edad, escribió:

“DECIR LA VERDAD.
¿Y QUÉ, SI MÁS GENTE VAPEA, SI NO ES DAÑINO?”.

No hay concesión a la diplomacia. Solo una pregunta seca que, para él, lo dice todo: ¿preferimos el error que protege o la verdad que desplaza?

Mi admiración por Nutt no llegó de una sola vez. Creció como crecen ciertas convicciones duras: con el tiempo, por repetición. Sin matices. Sin mediaciones. Para él, la verdad no es una concesión, es un imperativo. Incluso si trae efectos secundarios inconvenientes.

Esa puede ser su frase más reveladora. No porque choque, sino porque nombra, con todas las letras, una elección que muchos prefieren mantener implícita: ¿es mejor correr el riesgo de informar de más o el de proteger de menos?

Suena como un desafío y quizá por eso revela tanto de su carácter. Nutt parece más dispuesto a ser acusado de imprudencia que cómplice de lo que él ve como una mentira protectora.

Dónde la escala ha ganado

Si hay una frase que resume el ethos de Nutt, es esta: mejor correr el riesgo de informar de más que proteger de menos. Pero hay lugares donde esa lógica no solo es tolerada, es política oficial.

Cuando le pido un ejemplo de ecosistemas que priorizan la evidencia y no la condena moral, Nutt responde sin dudar:

“UNOS DIRIGIDOS POR CIENTÍFICOS INDEPENDIENTES, COMO EN EL REINO UNIDO Y NUEVA ZELANDA, QUE RESPALDAN E INCENTIVAN EL VAPEO, ETC”.

Nueva Zelanda fue directa en sus directrices: el vapeo no es inofensivo, pero es menos perjudicial que fumar. Puede ayudar a dejarlo. Y no está dirigido a quienes no fuman.

Es una política que, deliberadamente, intenta sostener dos verdades al mismo tiempo: reconocer el riesgo y, aun así, aceptarlo como herramienta.

Tanto el Reino Unido como Nueva Zelanda reconocen un punto esencial, muchas veces perdido en las caricaturas del debate: reducir riesgos y daños no significa liberar todo.

Las actualizaciones británicas enfatizan, con insistencia casi pedagógica, la necesidad de corregir percepciones distorsionadas sobre el riesgo. Pero también tratan el vapeo en jóvenes como una preocupación real —no solo estadística, sino también ética—.

Nueva Zelanda, pese a su respaldo explícito al vapeo como herramienta de cesación, decidió restringir el uso de dispositivos desechables como un intento de reducir su atractivo entre jóvenes. Es un gesto que reconoce algo fundamental: el mercado no siempre obedece a la política. A veces la elude. Otras veces, la sabotea.

Ese es precisamente el punto que muchas veces se pierde en la simplificación moral del debate: la reducción de daños, en la práctica, es un ejercicio de equilibrio, no una licencia ni una rendición.

Un país puede afirmar, con base en evidencias, que el vapeo es menos nocivo para fumadores adultos y, al mismo tiempo, restringir productos desechables que invaden las escuelas, por ejemplo. Puede decir “cambia” y “no comiences” en la misma frase. Y aceptar que esa frase será cuestionada, reinterpretada, disputada.

Es en ese tipo de ambivalencia —entre lo ideal y lo posible, entre el riesgo y el alivio— donde la política pública necesita operar. Pero no todos los países tienen el mismo aliento institucional para sostener ese equilibrio.

Para los países de ingresos bajos y medios —contextos donde faltan recursos, pero sobran cenizas— Nutt no ofrece consejos. Ofrece órdenes.

¿Cómo adaptar las recomendaciones de la FCTC a la realidad local?

“PERMITAN EL VAPEO Y EL SNUS”.

¿Cuál sería una estrategia realista de reducción de daños en territorios con pocos recursos de salud y un alto consumo de productos combustibles?

“GRAVAR EL SNUS Y EL VAPEO MUCHO MENOS QUE LOS CIGARRILLOS”.

Para él, el impuesto no es solo recaudación: es pedagogía. El precio enseña. Lo que se grava alto debería desaparecer. Lo que se grava bajo debería sustituir a lo que debe desaparecer. La política fiscal, para Nutt, no es solo una herramienta económica. Es también un gesto moral. Una palanca silenciosa de comportamiento.

El precio es el lenguaje cifrado de la salud pública: lo que se encarece desalienta. Lo que se abarata orienta.


Lo que crece cuando se prohíbe

Incluso donde la moralidad retrocede y la ciencia avanza, hay una tercera fuerza que Nutt nunca ignora: el mercado.

Porque cuando la política falla en reconocer el comportamiento real —y sus limitaciones institucionales— es el mercado el que llena el vacío.

Le pregunto a Nutt sobre los riesgos de que países de bajos ingresos copien modelos prohibicionistas de países ricos sin tener en cuenta la epidemiología local ni la capacidad de fiscalización.

Responde, como siempre, sin atenuantes:

“VA A INCENTIVAR EL CONTRABANDO Y CIGARRILLOS ILEGALES MÁS DAÑINOS”.

Es una historia antigua con un nuevo envoltorio: prohibir sin ofrecer alternativa no elimina el producto, elimina el control. El vacío regulatorio no disuelve la demanda. La desplaza. Y lo que surge en su lugar es mercado, pero un mercado sin regulación, sin rastreabilidad, sin frenos.

La propia COP11 reconoció, aunque de forma indirecta, el riesgo de perder el control sobre el mercado. Al reafirmar el Protocolo para eliminar el comercio ilícito de productos de tabaco, el tratado parece admitir, entre líneas, que prohibir no basta.

Sin alternativas reguladas, el consumo no desaparece. Solo cambia de ruta. Y de etiqueta.

Para Nutt, eso convierte la estrategia de “eliminación” no solo en ineficaz, sino peligrosamente ingenua. Si se bloquea el acceso legal a nicotina de menor riesgo, el consumo no desaparece. Solo cambia de proveedor. Y ese nuevo proveedor, advierte, no tendrá etiqueta, ni control de calidad, ni compromiso con la salud pública. Solo mercado.


Suecia, Japón, Reino Unido: ¡Síganlos!

La evidencia favorita de Nutt no siempre proviene de un ensayo clínico. A veces proviene de un país.

“Países como Suecia (snus), Japón (tabaco calentado) y el Reino Unido (vapeo) muestran caídas en el tabaquismo asociadas a productos alternativos de nicotina. ¿Qué lecciones deberían sacar los organismos globales de eso?”, le pregunto.

Responde con una sola palabra:

“SÍGANLOS”.

Es una respuesta que condensa su impaciencia con lo que él llama ceguera institucional frente a la realidad observable.

Pero cada ejemplo, como sabe, también es un territorio en disputa.

Suecia, con sus históricamente bajas tasas de tabaquismo entre hombres, se cita con frecuencia como modelo de integración del snus. Pero esa narrativa está lejos de ser consensuada y, aun así, la correlación se ha vuelto campo de batalla.

El caso japonés es aún más intrincado. Las ventas de cigarrillos han caído en la última década, pero el papel exacto del tabaco calentado en ese descenso sigue en disputa. Los investigadores difieren sobre cuánto de la caída se debe al nuevo producto y cuánto a tendencias ya en curso, transformaciones culturales o políticas públicas acumuladas a lo largo del tiempo.

Ninguno de esos países ofrece un experimento natural limpio. Pero la tesis de Nutt nunca fue sobre pureza metodológica; es sobre humildad política.

Para él, la política global no necesita esperar a tener control absoluto de las variables. Necesita observar lo que funciona, aunque funcione de forma imperfecta.

Si los ejemplos de Suecia, Japón y el Reino Unido muestran que la realidad puede desafiar al dogma, ¿qué impide que la política global reaccione a esa realidad?

Cuando le pregunto por qué la reducción de daños sigue siendo una zona de controversia dentro de instituciones como la FCTC, Nutt responde con la misma contundencia que lo hizo célebre —y también controversial—:

“PRESIÓN DE LA OMS Y DEL GOBIERNO CHINO QUE NO QUIEREN COMPETENCIA PARA SU INDUSTRIA ESTATAL DE CIGARRILLOS”.

Dicho así, suena a denuncia. Pero lo que puede afirmarse con seguridad es otra cosa: la propiedad estatal del tabaco genera conflictos estructurales.

Un boletín de la propia FCTC reconoce que muchos países mantienen participación directa en empresas tabacaleras y menciona explícitamente a la China National Tobacco Corporation como monopolio estatal y mayor productora de cigarrillos del mundo.

Tal vez con un toque de sinofobia, tal vez no. Pero el dato está ahí.

El error que sostiene a todos los demás

Si el gran bloqueo de la política global está entre medir y prohibir, la distorsión más profunda quizá no esté en las estrategias, sino en su punto de partida. En haber nombrado mal al villano.

La última pregunta era simple, casi técnica: ¿Cuál es el hecho científico más malinterpretado sobre la nicotina hoy?

Nutt respondió como quien entrega un diagnóstico:

“QUE ES EL ELEMENTO DAÑINO DEL CIGARRILLO”.

No es una confusión menor. Es la distorsión que sostiene a todas las demás. Si la nicotina es vista como la gran culpable, todo lo que se asocie a ella —las terapias de reemplazo, el vapeo, la transición— hereda el mismo estigma. Y el fumador, ante la duda, se queda donde está. Elige el daño conocido. Porque, al menos, el diablo conocido ya tiene nombre.

Toda la insistencia de Nutt —las mayúsculas, su obsesión por las escalas, su negativa a participar en ficciones morales— puede leerse como un solo esfuerzo: devolverle a la salud pública algo que parece haber perdido. El coraje de distinguir.

Cree que aceptar un espectro de riesgos no es ceder ante la industria. Es ceder ante la realidad del comportamiento humano. Las personas sustituyen. Siempre lo han hecho. Y al final solo queda una pregunta ética, simple e irreductible:

¿Esta sustitución matará a menos personas o a más?

La FCTC-COP, en cambio, excluye a las personas del cuadro. Decide sin diálogo. Observa el marketing agresivo, la juventud vulnerable, la historia de manipulación y acaso ve en la tolerancia la semilla de la recaída.

Su lenguaje —vetusto, repetitivo: «dañino», «no seguro», «demasiado pronto para saber»— no suena solo a precaución. Para muchos, revela otra cosa: una negativa preventiva a pensar en matices. Un miedo no tanto a equivocarse como a dejar grietas. A parecer cómplice. A parecer capturada. A perder autoridad. A desaparecer como guardiana moral.

La tragedia, quizá, es que ambos temores son reales, aunque no por igual. Y por eso, entre todas las frases de Nutt, la más reveladora no fue la más furiosa. Fue la más burocrática:

«TODO LO ANTERIOR…».

Así respondió cuando le pregunté qué lagunas científicas deberían abordarse antes de la COP12, prevista para 2027 en Ereván, Armenia.

«Todo lo anterior» es lo que se dice cuando las preguntas ya no caben en columnas separadas.

Cuando la evidencia se acumula, pero la escucha institucional sigue siendo selectiva.

Y también es una confesión muda: una escala sobre la mesa solo sirve si hay alguien en la sala dispuesto a mirarla.


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Claudio Teixeira
Claudio Teixeirahttps://claudioteixeira.substack.com
Claudio Teixeira es periodista y editor de la Agencia C3PRESS, The Vaping Today y Disobedient Margins. Vive en Brasil.

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