S.A.R.A.H. y el riesgo de convertir una ideología sanitaria en algoritmo

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S.A.R.A.H., el asistente de salud basado en IA generativa presentado por la OMS, promete información confiable y accesible sobre hábitos saludables. Pero su diseño abre una pregunta clave: qué evidencia incluye, qué controversias reconoce y qué opciones excluye, especialmente en áreas donde el consenso es disputado, como nicotina, vapeo y alternativas sin combustión.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó a S.A.R.A.H. como un avance hacia el acceso equitativo a información confiable, empática y basada en evidencia. En el papel, la propuesta parece incuestionable. ¿Quién podría oponerse a una herramienta que promete ayudar a las personas a tomar mejores decisiones sobre su salud?

Según la propia OMS, S.A.R.A.H. (Smart AI Resource Assistant for Health) es un prototipo de asistente digital de salud impulsado por inteligencia artificial generativa, diseñado para explorar cómo esta tecnología puede fortalecer la promoción de la salud pública. La organización sostiene que el sistema puede ofrecer información sanitaria confiable y accesible, interactuar de forma permanente en varios idiomas y mantener conversaciones sobre hábitos saludables —como nutrición, actividad física, salud mental y abandono del tabaco y del vapeo— con el objetivo de reducir barreras de acceso a la información. La OMS subraya que S.A.R.A.H. no es un servicio clínico ni sustituye el asesoramiento profesional, sino que se trata de una herramienta experimental de divulgación sanitaria a gran escala.

El problema no es la tecnología. El problema es qué se decide que esa tecnología puede —y no puede— decir. Porque cuando una institución con una postura rígida sobre la nicotina y el tabaquismo delega su discurso en una inteligencia artificial, la pregunta deja de ser técnica. Se vuelve política. Una IA que no puede disentir no educa: dirige. Y, en salud pública, dirigir sin matices también tiene consecuencias.

Una IA que no puede disentir

S.A.R.A.H. no diagnostica, no prescribe y no sustituye a un médico. Eso está claro. Pero cumple una función mucho más sutil —y más poderosa—: normalizar una única narrativa sanitaria como si fuera consenso científico.

El problema no es que la OMS utilice evidencia. El problema es cómo decide qué evidencia cuenta y cuál queda fuera. El discurso institucional evita cuidadosamente explicar qué estudios alimentan a esta IA, cómo se gestionan las controversias científicas reales y qué ocurre en aquellos campos donde el consenso está lejos de existir.

En áreas como nicotina, tabaquismo y alternativas sin combustión, esta omisión no es anecdótica: es estructural. Hoy existe evidencia sólida de que no todos los productos con nicotina implican el mismo nivel de riesgo y de que la combustión es el principal vector de daño. Esa comprensión ha permitido salvar vidas mediante estrategias de reducción de daños en múltiples países.

Sin embargo, S.A.R.A.H. opera dentro de un marco en el que ese matiz simplemente no existe. La IA no pondera, no compara, no expone el conflicto científico: lo borra. Y, cuando el disenso desaparece del sistema, lo que queda no es información sanitaria, sino dirección conductual automatizada.

El silencio como política sanitaria

El lenguaje de S.A.R.A.H. habla de salud, de dejar de fumar y de prevención. Pero lo que no menciona resulta igual de revelador. No existe el concepto de continuum de riesgo. No se reconoce la reducción de daños como estrategia legítima. No se contempla al fumador adulto que no puede —o no quiere— abandonar la nicotina, pero sí puede dejar de fumar: un perfil ampliamente documentado en la literatura de salud pública y de reducción de daños.

Ese sujeto existe. Está documentado. Y ha sido el centro de políticas de salud pública eficaces en múltiples países. Su ausencia en el discurso automatizado de la OMS no es un descuido: es una decisión.

Porque reconocer ese matiz implicaría aceptar algo incómodo para el enfoque histórico de la organización: que la abstinencia total no funciona para todos y que reducir daño también es una forma válida de éxito sanitario. En lugar de afrontar ese debate, S.A.R.A.H. lo neutraliza mediante el silencio.

En salud pública, callar también es intervenir. Y, cuando una IA institucional silencia opciones que podrían reducir daño y salvar vidas, ese silencio deja de ser prudencia para convertirse en política sanitaria.

Humanizar la forma, ocultar el poder

Nombrar a la herramienta S.A.R.A.H. no es un detalle menor ni una simple decisión estética. Aunque la OMS retuerza el significado mediante siglas (Smart AI Resource Assistant for Health), lo primero que recibe el usuario no es un acrónimo técnico, sino un nombre propio, común y cercano: Sarah.

La humanización no es inocente. En comunicación institucional, ponerle nombre a una tecnología es una forma eficaz de rebajar la percepción de poder y sustituirla por cercanía. No se conversa con una organización multilateral; se conversa con “Sarah”. Y eso cambia radicalmente la relación.

Cuestionar a una institución es relativamente sencillo. Cuestionar a un “asistente empático” que habla con tono comprensivo y parece querer ayudarte lo es mucho menos. La autoridad deja de ser explícita y se vuelve afectiva. No impone: acompaña. No ordena: orienta. Pero siempre dentro de un marco que ya está definido de antemano.

Bajo esa interfaz humanizada no hay diálogo real, ni posibilidad de disenso, ni segunda opinión. Hay un sistema automatizado que reproduce una única narrativa institucional con apariencia de conversación. La forma se suaviza, pero el poder no desaparece: se vuelve menos visible.

Humanizar a S.A.R.A.H. no la hace más humana. La hace menos cuestionable. Y, cuando una política sanitaria se vuelve difícil de cuestionar porque se presenta como acompañamiento, el problema ya no es tecnológico, sino profundamente político.

El riesgo real no es la IA, sino su uso político

S.A.R.A.H. no representa un avance disruptivo en salud pública. Representa un ajuste estratégico: la adaptación de una autoridad institucional a una época en la que el discurso vertical ya no convence, pero la mediación tecnológica sí.

El riesgo no está en la inteligencia artificial, sino en quién define sus límites, sus silencios y sus respuestas aceptables. Automatizar una narrativa no la vuelve más científica, sino más eficiente. Y, cuando esa narrativa excluye matices, alternativas y disenso legítimo, el resultado no es educación sanitaria, sino obediencia suavizada por diseño.

Delegar decisiones complejas en un sistema que no puede ser contradicho pero sí puede resultar emocionalmente confiable no amplía la autonomía del ciudadano. La reduce. Porque la elección solo existe cuando hay opciones visibles, comparables y discutibles.

La inteligencia artificial no ha hecho a la salud pública más moderna. La ha hecho más elegante en su paternalismo.

Cuando una institución necesita una inteligencia artificial para evitar el debate, el problema no es la tecnología: es la fragilidad de su narrativa. Y la pregunta es inevitable: si la evidencia es tan sólida como se afirma, ¿por qué necesita una IA que elimine el matiz en lugar de profesionales capaces de explicarlo?

Cuando el disenso desaparece del sistema no estamos ante ciencia automatizada. Estamos ante un dogma en código.


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Iván Garay
Iván Garayhttps://YouTube.com/@kalaveratv
Iván Garay Noriega es español y reside en México desde hace más de dos décadas. Exfumador —consumió dos cajetillas diarias durante 22 años—, adoptó el vapeo hace 8 años como herramienta de reducción de daños. Informático de profesión y activista por convicción, es divulgador en el ámbito hispanohablante de la reducción de daños y creador de Líneas de Poder, un programa dedicado a noticias, estudios y políticas con el objetivo de mantener informada y crítica a la audiencia de habla hispana.

1 COMENTARIO

  1. YO YVÁN 42 AÑOS FUMANDO…Y TAMBIEN LLEVO 8 CON EL VAPEO…Y MUCHA MIERDA PARA LA MAFIA DE LA OMS. Y QUE COÑO DE CORREO ELECTRONICO HAY QUE PONER…..????

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