¿Qué permanece cuando el vapeo desaparece?

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¿Los residuos del vapeo representan un riesgo comparable al del humo de tercera mano? Una revisión científica analiza por qué la evidencia no respalda esa equivalencia.

Sobre el alféizar de una ventana hay una cantidad de nicotina demasiado pequeña para ser vista. No hay ninguna mancha, ningún olor que la delate, nada que revele su presencia sin la ayuda de un instrumento. Y, sin embargo, esa materia invisible admite distintas interpretaciones científicas.

Para algunos investigadores es el primer indicio de una nueva forma de exposición: el aerosol se ha liberado, la nicotina ha alcanzado la superficie y podría volver a entrar en contacto con una persona. Ese vestigio merece un nombre —vapeo de tercera mano— porque prolongaría el vapeo más allá del instante en que la nube desaparece.

Para Roberto A. Sussman, físico del Instituto de Ciencias Nucleares de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), esa misma molécula demuestra algo mucho más limitado. Prueba que ha habido deposición. No demuestra, por sí sola, que se haya formado un reservorio persistente, capaz de transformarse, circular por el entorno y llegar a las personas en dosis biológicamente relevantes.

Esa es la hipótesis que Sussman examinó en una revisión crítica de autor único, “On the Detection and Scope of «Third-Hand Vaping»”, publicada en julio de 2026 en el International Journal of Environmental Research and Public Health. Sin embargo, para comprender lo que está en juego es necesario remontarse al fenómeno que inspiró la analogía.

La pluma visible del humo de un cigarrillo puede desaparecer rápidamente. Los contaminantes que transporta, no. Se acumulan en paredes, tejidos, polvo y otras superficies del hogar, donde continúan experimentando transformaciones químicas durante semanas, meses y, en algunos casos, años.

El humo desaparece; los residuos permanecen. Esta forma de exposición recibió el nombre de humo de tercera mano (third-hand smoke). Se produce después del acto de fumar, por contacto con los residuos que permanecen en el ambiente o con las sustancias que se forman a partir de ellos.

Con la expansión de los cigarrillos electrónicos, los investigadores comenzaron a estudiar si el aerosol del vapeo produciría un fenómeno equivalente. La expresión vapor de tercera mano (third-hand vaping) surgió precisamente de esa analogía: exposición directa, exposición pasiva y, por último, exposición a los residuos depositados sobre las superficies.

Diversos estudios ya habían demostrado que la nicotina presente en el aerosol puede depositarse sobre distintas superficies. Sin embargo, eso no basta para establecer una equivalencia con el humo de tercera mano. Para hacerlo, sería necesario demostrar no solo la presencia de residuos, sino también su persistencia, sus transformaciones químicas, las vías por las que llegan a las personas y su capacidad para causar daño.

La semejanza entre ambos términos no basta para demostrar que los dos procesos se comportan del mismo modo ni que representan riesgos comparables.

El problema que comienza cuando el cigarrillo se apaga

La comparación debe comenzar por el cigarrillo encendido. Con cada calada, produce el humo que inhala el fumador. Entre una calada y otra, sigue ardiendo y libera el denominado humo lateral, emitido directamente por el extremo en combustión. Esta emisión representa una parte importante del material liberado al ambiente.

Mientras permanece encendido, el cigarrillo actúa como una fuente continua de combustión. Su humo contiene partículas, nicotina, compuestos orgánicos volátiles y semivolátiles, hidrocarburos y otras sustancias. Una parte permanece suspendida en el aire; otra se deposita sobre paredes, muebles, tejidos y polvo.

La deposición no pone fin al proceso. Una vez sobre las superficies, los residuos pueden seguir reaccionando, experimentar transformaciones químicas y volver al aire. La exposición puede producirse por contacto con la piel, ingestión de polvo, transferencia de las manos a la boca o reemisión de compuestos al ambiente.

Es este conjunto de factores —la cantidad emitida, la deposición, la persistencia, las transformaciones químicas y las vías de exposición— lo que caracteriza el humo de tercera mano. La comparación con los cigarrillos electrónicos debe tener en cuenta todos estos elementos, no únicamente la presencia de nicotina sobre una superficie.

Los niños pequeños son especialmente vulnerables. Pasan más tiempo cerca del suelo, gatean, tocan muebles y objetos y se llevan las manos a la boca con frecuencia. Como su peso corporal es menor, una misma cantidad absorbida puede representar una dosis relativamente mayor. La exposición también puede incrementarse en viviendas pequeñas o con escasa ventilación, donde una misma emisión se dispersa en un menor volumen de aire y los residuos pueden concentrarse en superficies al alcance de los habitantes.

Fue a partir de este modelo que los investigadores comenzaron a estudiar los cigarrillos electrónicos. El razonamiento parecía sencillo: el aerosol exhalado contiene nicotina; parte de ella puede depositarse; por tanto, el vapeo podría dejar un reservorio ambiental semejante al producido por el cigarrillo convencional.

Los estudios de laboratorio detectaron nicotina sobre vidrio, metal, suelos y tejidos expuestos al aerosol. Investigaciones realizadas en tiendas de vapeo también encontraron nicotina y algunos de sus derivados en superficies interiores. La expresión ‘vapor de tercera mano’ empezó a difundirse antes de que estuviera claro si la semejanza se limitaba a la deposición o si incluía también la persistencia, la transformación química y una exposición relevante.

Sussman identifica aquí un salto inferencial. Encontrar nicotina sobre una superficie demuestra que ha habido transferencia de materia. No demuestra, por sí solo, que se haya formado una fuente persistente de exposición en condiciones habituales.

Para establecer esa relación sería necesario conocer cuánto material se liberó, cuánto permaneció en el aire, cuánto se depositó, durante cuánto tiempo persistió, qué transformaciones experimentó y en qué medida estos procesos ocurren en viviendas, habitaciones, automóviles y oficinas. La nicotina depositada indica presencia. El riesgo depende de lo que suceda después.

La primera diferencia radica en el origen del material. El humo procede de la combustión del tabaco, que genera una mezcla compleja de gases y partículas. El aerosol electrónico se produce mediante el calentamiento de un líquido compuesto, por lo general, de propilenglicol, glicerina, agua, nicotina y aromatizantes. Aunque con frecuencia se denomina «vapor», contiene gotas líquidas y componentes gaseosos cuya composición empieza a modificarse en cuanto entra en contacto con el aire.

El cigarrillo sigue emitiendo mientras permanece encendido. En los dispositivos electrónicos, el aerosol solo se produce cuando el aparato se activa y llega al ambiente principalmente a través de la exhalación del usuario. No existe un extremo en combustión que libere material entre una calada y otra.

Esta diferencia afecta a la cantidad total emitida. Una parte de la nicotina y de otros componentes inhalados permanecen en el organismo, de modo que solo una fracción regresa al ambiente. En el cigarrillo convencional, la emisión exhalada se suma al humo liberado continuamente por el extremo encendido. En el vapeo, la contaminación ambiental depende sobre todo de lo que exhala el usuario.

Las mediciones realizadas en viviendas confirman que parte de esa nicotina permanece en el aire. Ballbè y sus colaboradores encontraron concentraciones medias de nicotina atmosférica superiores en los hogares de usuarios de cigarrillos electrónicos que en las viviendas de control. Este resultado demuestra que el vapeo puede producir una exposición ambiental mensurable, pero no indica, por sí solo, qué cantidad de ese material se deposita, cuánto tiempo permanece sobre las superficies o si posteriormente vuelve a alcanzar a una persona.

Tras la exhalación, las gotas entran en contacto con un volumen de aire mayor y más frío. Parte de sus componentes se evapora, la nube se diluye y las gotas cambian de tamaño. La desaparición visual no significa que toda la materia haya desaparecido, pero sí indica una rápida reducción de su concentración.

El humo del tabaco tiende a contener una mayor proporción de partículas poco volátiles y de compuestos capaces de permanecer en el ambiente. Esto incrementa las oportunidades de deposición, penetración en materiales porosos y reacción con otras sustancias presentes en los espacios interiores.

Según la interpretación de Sussman, la menor emisión ambiental y la rápida dilución del aerosol electrónico tienden a limitar la cantidad de material disponible para formar reservorios duraderos. La emisión se produce durante periodos más breves y, en consecuencia, menos materia llegaría al ambiente que en el caso de una fuente continua de combustión.

Los residuos existen. Lo que aún debe demostrarse es si, en condiciones habituales de uso, alcanzan una cantidad, una persistencia y una actividad química comparables a las de los residuos derivados de la combustión. Pueden aparecer depósitos elevados en experimentos realizados en espacios reducidos, con escasa ventilación, numerosas caladas y largos periodos de exposición. En esos casos, los resultados dependen tanto de las propiedades del aerosol como de las condiciones creadas para concentrarlo y retenerlo.

La distancia química entre fumar y vapear

La diferencia entre fumar y vapear no se limita a la forma en que el material llega al ambiente. También reside en la composición de los residuos y en las reacciones que pueden producirse tras la deposición. La física ayuda a explicar cómo estas partículas se dispersan y alcanzan las superficies. La química permite comprender lo que sucede después.

Una mezcla menos compleja no es necesariamente inocua. Puede contener sustancias capaces de causar daño. Sin embargo, la variedad, la cantidad y las vías de formación de los compuestos presentes en el aerosol electrónico no son las mismas que las del humo generado por la combustión. Por ello, no puede atribuirse al vapeo, únicamente por analogía, toda la dinámica química del cigarrillo convencional.

Una vez depositada, la nicotina puede reaccionar con otras sustancias presentes en el ambiente. El resultado depende de la cantidad acumulada, de los compuestos que la acompañan, del tipo de superficie y del tiempo de permanencia. En el humo del cigarrillo, la nicotina forma parte de una mezcla alimentada continuamente por la combustión y capaz de persistir en el ambiente. Según la revisión de Sussman, el aerosol electrónico, por lo general, no reúne esas condiciones en la misma escala.

La nicotina procedente del vapeo puede depositarse y experimentar transformaciones posteriores. Sin embargo, su presencia sobre una superficie no demuestra que ambos procesos comparten el mismo comportamiento químico.

Los estudios que detectaron nicotina sobre vidrio, tejidos, metales y suelos ayudan a delimitar esta diferencia. Muchos de ellos se realizaron en cámaras cerradas, en las que máquinas de vapeo, bombas o jeringas generaban caladas estandarizadas. Muestras de distintos materiales permanecían expuestas al aerosol durante periodos definidos, lo que permitió medir la deposición, la retención y las posibles reacciones químicas.

Este diseño experimental aísla procesos difíciles de observar en un entorno cotidiano. El volumen de aire, la temperatura, el número de caladas y el tiempo de exposición pueden controlarse. Al mismo tiempo, el confinamiento reduce la dispersión y favorece la acumulación.

En uno de los estudios analizados, se produjeron cien caladas a lo largo de una hora y media. En otro, se inyectaron cuarenta y nueve caladas en quince minutos dentro de una cámara de un metro cúbico. Un tercer estudio sometió los residuos del aerosol a una prolongada secuencia de procedimientos antes de observar la formación de nuevas partículas.

Uno de estos experimentos pone de manifiesto una distinción importante. Marcham y sus colaboradores expusieron vidrio y algodón al aerosol electrónico y siguieron la evolución de los residuos con el paso del tiempo. La nube desapareció en cuestión de minutos, pero la nicotina siguió siendo detectable durante días: los modelos estimaron el retorno a los niveles de fondo aproximadamente a los cuatro días en el vidrio y a los dieciséis días en el algodón.

La disipación en el aire y la permanencia de la molécula tras la deposición son, por tanto, fenómenos distintos. El resultado demuestra que las superficies, especialmente los materiales absorbentes, pueden retener nicotina incluso después de que el aerosol haya dejado de ser visible. Sin embargo, dado que el experimento se llevó a cabo en una cámara controlada, no permite establecer durante cuánto tiempo persistirían concentraciones similares en una vivienda ventilada.

En conjunto, estos estudios muestran que, bajo determinadas condiciones, los componentes del aerosol pueden depositarse, persistir en los materiales y participar en nuevas reacciones. No establecen, por sí solos, con qué frecuencia o intensidad ocurre esto en viviendas, habitaciones, automóviles u oficinas.

Una cámara de un metro cúbico concentra el aerosol de una forma muy distinta a la de una vivienda. En los entornos cotidianos, el aire circula, puertas y ventanas se abren, las personas se desplazan y las distintas superficies reciben cantidades diferentes del material depositado. La temperatura, la ventilación y el volumen del espacio también varían.

Esta diferencia no invalida el experimento. Lo que hace es limitar el alcance de sus conclusiones. Un estudio puede demostrar que una reacción es posible sin demostrar que ocurra con una intensidad relevante durante el uso habitual. Puede mostrar que un material retiene nicotina sin establecer que una persona vaya a recibir, a partir de ese material, una dosis biológicamente significativa.

La crítica de Sussman se centra precisamente en esta distinción. Las cámaras experimentales permiten medir determinados mecanismos, pero no reproducen necesariamente su frecuencia o intensidad en los ambientes cotidianos.

En ciencias ambientales, detectar una sustancia es solo el comienzo de la evaluación. El riesgo depende también de la concentración, del tiempo y la frecuencia de la exposición, de la vía de contacto, de la ventilación, del comportamiento y de la vulnerabilidad de la persona expuesta. La cuestión no es únicamente si el aerosol deposita nicotina, sino en qué cantidad, durante cuánto tiempo y con qué consecuencias.

El caso de las tiendas de vapeo

Las tiendas de vapeo ofrecen un tipo de evidencia diferente. No son cámaras experimentales: cuentan con empleados, clientes, mobiliario, circulación de aire y dinámicas propias. Tampoco representan una vivienda convencional.

En muchos de estos establecimientos, los clientes probaban los dispositivos en el propio local. Para cada persona, la emisión era intermitente. Sin embargo, a lo largo del día podían superponerse decenas de episodios en un espacio reducido. Una tienda con mucha afluencia podía recibir, en pocas horas, más aerosol que una vivienda ocupada por un único usuario.

En uno de los estudios examinados por Sussman, tres usuarios produjeron alrededor de mil caladas en dos horas dentro de una sala de 57 metros cúbicos. En otros estudios, los materiales permanecieron expuestos durante semanas o meses. En esas condiciones, la repetición de las emisiones y la duración de la exposición favorecían la deposición y la acumulación de nicotina.

Los métodos de recogida de muestras también son importantes. Algunos investigadores colocaron en las tiendas toallas, algodón, papel o prendas de ropa infantil y posteriormente midieron la nicotina retenida. Estos materiales actuaban como muestreadores pasivos, elegidos por su capacidad de absorción.

Este procedimiento demuestra que la nicotina circuló por el ambiente y alcanzó determinadas superficies. Sin embargo, no demuestra que la ropa, los juguetes, los muebles o las alfombras de una vivienda acumulen concentraciones similares en condiciones habituales de uso.

Un estudio de Khachatoorian y sus colaboradores examinó también el local contiguo. En un edificio comercial ocupado por distintos establecimientos, los investigadores detectaron nicotina, otros alcaloides y nitrosaminas específicas del tabaco tanto en la tienda de vapeo como en un negocio adyacente donde nadie vapeaba. Las muestras de control recogidas en el pasillo no presentaron el mismo patrón.

El resultado indica que los componentes asociados al aerosol pueden sobrepasar los límites físicos del lugar de uso y depositarse en otro ambiente. Sin embargo, no resuelve la cuestión de la escala doméstica: la fuente seguía siendo una tienda con un uso frecuente y concentrado, muy diferente de una vivienda ocupada por un solo usuario.

La comparación con las viviendas de fumadores añade otras dificultades. El número de usuarios, la frecuencia de las emisiones, el volumen de las estancias, la ventilación, el tiempo de ocupación y la naturaleza de la fuente pueden variar simultáneamente.

Una tienda donde muchas personas han vapeado durante horas no equivale a una vivienda con un único usuario. A su vez, una casa donde se fuma de forma habitual recibe también la emisión continua procedente del extremo en combustión del cigarrillo. Por ello, concentraciones similares no indican necesariamente procesos equivalentes.

Esta distinción también aparece en las escasas mediciones realizadas en viviendas. En un estudio piloto de Derek Bush y Maciej Goniewicz, los investigadores recogieron muestras en ocho hogares de usuarios de cigarrillos electrónicos, seis hogares de fumadores y ocho viviendas en las que no se declaró el uso de productos con nicotina. La mitad de las viviendas de usuarios de vapeo presentaban nicotina detectable en las superficies, frente a la totalidad de las viviendas de fumadores. La concentración media fue aproximadamente 170 veces inferior en el primer grupo.

La comparación con las viviendas de control añade una observación importante. También se detectaron trazas de nicotina en la mitad de los hogares donde nadie fumaba ni vapeaba, y la concentración media no difirió de forma estadísticamente significativa de la observada en las viviendas de usuarios de cigarrillos electrónicos. Los autores señalaron como posibles fuentes la contaminación dejada por antiguos ocupantes y la entrada de nicotina a través de ventanas o sistemas de ventilación, aunque no pudieron determinar su origen.

Al tratarse de un estudio piloto, la ausencia de diferencias estadísticamente significativas no demuestra que el vapeo no produzca un reservorio doméstico. Indica que, en esa muestra, la señal superficial asociada al vapeo fue pequeña, variable y difícil de distinguir del nivel de fondo, aunque se mantuvo muy por debajo de la observada en las viviendas de fumadores.

Las tiendas muestran que la nicotina procedente del aerosol puede alcanzar las superficies, acumularse bajo condiciones de uso intensivo e incluso llegar a espacios contiguos. Sin embargo, no demuestran que la misma dinámica se produzca en dormitorios, salones, automóviles o viviendas con emisiones menos intensas y más espaciadas.

La conclusión más sólida es que la nicotina procedente del vapeo puede detectarse en las superficies. Para caracterizar un proceso comparable al humo de tercera mano todavía sería necesario demostrar su persistencia, la existencia de transformaciones químicas relevantes y la exposición en condiciones cotidianas.

Cuando una molécula se convierte en un riesgo

Al final de la revisión, la cuestión se vuelve más específica: ¿qué significa, para la salud, encontrar residuos del aerosol electrónico sobre una superficie?

Los estudios muestran que la nicotina puede depositarse y que, en determinadas condiciones, pueden detectarse algunos de sus derivados, incluidas las nitrosaminas específicas del tabaco. Otros experimentos indican que estos residuos pueden experimentar transformaciones posteriores. Estos resultados demuestran la presencia de sustancias químicas, pero no muestran, por sí solos, que las personas reciban una dosis biológicamente relevante.

Esta distinción adquirió mayor importancia a medida que los métodos analíticos fueron capaces de detectar concentraciones cada vez más bajas. Identificar una sustancia constituye una etapa. Para estimar sus posibles efectos sobre la salud, también es necesario saber si permanece disponible, cómo se transfiere, por qué vía entra en el organismo y qué cantidad se absorbe realmente.

En cada una de estas etapas, parte del material puede perderse, transformarse o dejar de estar accesible. Por ello, la concentración medida sobre una superficie no corresponde directamente a la dosis que recibe una persona.

La revisión de Sussman aplica este razonamiento a los residuos de nicotina. Además de la concentración superficial, considera la superficie de piel expuesta, la duración y la frecuencia del contacto, el peso corporal y la fracción absorbida. Un contacto breve con una mesa y el contacto repetido con una alfombra pueden implicar concentraciones similares sobre la superficie, pero dar lugar a exposiciones muy diferentes.

Pocos estudios han ido más allá de la química ambiental para investigar los efectos biológicos. Los que lo han hecho recurrieron a ratones.

Commodore y sus colaboradores expusieron a trece animales, durante tres semanas, a toallas previamente contaminadas con aerosol de cigarrillo electrónico. De las dieciocho proteínas inflamatorias medidas en la sangre y en el lavado broncoalveolar, solo dos mostraron diferencias estadísticamente significativas: la IL-7 estaba reducida en el suero de los animales expuestos y la IL-13 aparecía elevada en el lavado pulmonar. La mayoría de los demás marcadores y los recuentos celulares no mostraron diferencias claras. El estudio detectó una señal limitada, no un cuadro generalizado de inflamación.

Thorpe y sus colaboradores observaron alteraciones estructurales en las vías respiratorias tras cuatro semanas de exposición a materiales impregnados. Los animales presentaban engrosamiento del epitelio, aumento del número de capas celulares, ensanchamiento alveolar y mayor depósito de colágeno en las pequeñas vías respiratorias. La nicotina agravó parte de estas alteraciones, pero no las explicó todas. El aumento del espacio alveolar medido histológicamente también apareció en animales expuestos a residuos generados por líquidos sin nicotina, lo que sugiere la participación de otros componentes de la mezcla.

Umphres y sus colaboradores investigaron los efectos sobre las plaquetas. Tejidos, alfombras y piezas de tapicería recibieron cuatrocientas caladas diarias durante ciclos de siete días y posteriormente se colocaron en las jaulas; a lo largo de los cuatro meses de exposición, estos materiales se sustituyeron periódicamente por otros recién contaminados. Al finalizar el experimento, las plaquetas mostraban una mayor agregación, secreción y activación, además de características asociadas a una mayor predisposición a la trombosis.

Los tres experimentos demuestran que los residuos producidos en laboratorio pueden conservar actividad biológica. Sin embargo, todos ellos se llevaron a cabo bajo condiciones de exposición intensas y repetidas. En el estudio de Commodore, los animales mantuvieron un contacto frecuente con toallas contaminadas por una máquina de vapeo. En el experimento de Umphres, vivieron durante meses entre materiales sometidos diariamente a cientos de caladas. Thorpe también recurrió a superficies impregnadas y a exposiciones sucesivas.

Estos protocolos son adecuados para investigar si un efecto puede producirse, pero no reproducen necesariamente la intensidad, la frecuencia ni la duración de la exposición en una vivienda habitual. Tampoco permiten extrapolar directamente los resultados obtenidos en ratones a los seres humanos.

Es precisamente aquí donde la distinción entre peligro y riesgo adquiere un papel central. Los estudios en animales indican que, bajo una exposición suficiente, los residuos pueden provocar respuestas inflamatorias, estructurales y cardiovasculares. Para estimar el riesgo en seres humanos sería necesario demostrar que residuos similares se forman en entornos reales, permanecen disponibles y alcanzan a las personas en dosis capaces de producir efectos comparables.

Una revisión sistemática de Stracci y sus colaboradores muestra hasta qué punto este campo de investigación sigue siendo reducido. Tras revisar cinco bases de datos y recuperar 139 registros, los autores encontraron únicamente tres estudios que cumplían los criterios de inclusión: precisamente los tres realizados en ratones. En conjunto, la evidencia sugería alteraciones celulares y fisiológicas asociadas a residuos con y sin nicotina, pero no permitía inferir la existencia de daño en seres humanos.

Esto no demuestra que el vapeo sea seguro. Tampoco demuestra la existencia de un riesgo doméstico. La literatura disponible reúne pocos estudios, pequeños grupos de animales y protocolos diseñados para generar exposiciones mensurables. La ausencia de estudios en seres humanos no excluye la posibilidad de daño, pero los efectos observados bajo estas condiciones no pueden trasladarse directamente a la exposición intermitente propia de una vivienda.

La cuestión merece una atención especial en el caso de los niños pequeños. Su menor peso corporal y el contacto frecuente con suelos, tejidos y objetos pueden aumentar la dosis relativa. Aun así, la exposición depende de la cantidad depositada, de la persistencia del residuo, de su capacidad de transferencia y del tiempo de contacto.

La evidencia disponible permite extraer tres conclusiones. Los residuos del vapeo pueden detectarse sobre las superficies. Bajo determinadas condiciones, pueden persistir, transferirse y producir efectos biológicos en animales. Sin embargo, todavía no se ha demostrado que la exposición habitual en entornos domésticos alcance a los seres humanos en dosis capaces de causar un daño mensurable.

Cuando la etiqueta llega antes que el fenómeno

La expresión ‘vapor de tercera mano’ comenzó a circular en la literatura científica por analogía con humo de tercera mano y llegó a la comunicación pública, en la mayoría de los casos, desprovista de sus matices.

El razonamiento era comprensible: si el humo del cigarrillo deja residuos persistentes y el aerosol electrónico también transporta nicotina, parecía razonable investigar una secuencia similar de emisión, deposición y exposición.

La analogía ayudó a formular preguntas y a reunir estudios sobre los residuos del vapeo. Pero también sugirió una equivalencia que todavía debía demostrarse. Procesos diferentes pueden recibir nombres similares sin presentar la misma persistencia, la misma química ni el mismo potencial de exposición.

En este sentido, Sussman sostiene que el nombre pudo haber precedido a la caracterización completa del fenómeno.

Las pruebas disponibles muestran que la nicotina del aerosol puede alcanzar las superficies y que, bajo determinadas condiciones, los residuos pueden experimentar nuevas transformaciones. Sin embargo, aún no demuestran que la deposición, la persistencia, la transferencia y la dosis se combinen, en los entornos cotidianos, de una manera comparable a la observada con el humo del tabaco.

Esto no convierte a los residuos en algo irrelevante. Significa que la categoría sigue dependiendo de evidencias que van más allá de la mera detección. Los próximos estudios deberán determinar durante cuánto tiempo estos compuestos permanecen disponibles, cómo se desplazan entre el aire, el polvo y las superficies, por qué vías llegan al organismo y qué dosis generan en condiciones reales de uso.

Existen motivos para actuar con prudencia y evitar la exposición involuntaria al aerosol electrónico, especialmente en espacios cerrados, en situaciones de uso intensivo y en presencia de niños pequeños o de personas vulnerables. Los dispositivos, los líquidos y los patrones de consumo continúan evolucionando. Sin embargo, ninguno de estos factores demuestra que los residuos del vapeo presenten el mismo comportamiento ambiental ni el mismo riesgo para la salud que los residuos derivados de la combustión.

Después de que el aerosol desaparece, parte de sus componentes puede permanecer sobre paredes, tejidos, polvo o incluso sobre el alféizar de una ventana. Lo que todavía se desconoce es durante cuánto tiempo, en qué cantidad y con qué consecuencias.

La evidencia disponible justifica seguir investigando y limitar la exposición involuntaria al aerosol electrónico. Justifica la prudencia, no la equivalencia: por el momento, no respalda considerar el vapor de tercera mano y el humo de tercera mano como fenómenos equivalentes.

Fuentes

Sussman, R. A. (2026). “On the detection and scope of «third-hand vaping»: A critical review of the literature”. International Journal of Environmental Research and Public Health, 23(7), Article 940. https://doi.org/10.3390/ijerph23070940

Bahl, V., Jacob, P., III, Havel, C., Schick, S. F., & Talbot, P. (2014). “Thirdhand cigarette smoke: Factors affecting exposure and remediation”. PLOS ONE, 9(10), e108258. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0108258 

Ballbè, M., Martínez-Sánchez, J. M., Sureda, X., Fu, M., Pérez-Ortuño, R., Pascual, J. A., Saltó, E., & Fernández, E. (2014). “Cigarettes vs. e-cigarettes: Passive exposure at home measured by means of airborne marker and biomarkers”. Environmental Research, 135, 76–80. https://doi.org/10.1016/j.envres.2014.09.005 

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Bush, D., & Goniewicz, M. L. (2015). “A pilot study on nicotine residues in houses of electronic cigarette (e-cigarette) users, tobacco smokers, and non-users of nicotine-containing products”. International Journal of Drug Policy, 26(6), 609–611. https://doi.org/10.1016/j.drugpo.2015.03.003 

Commodore, S., Sharma, S., Ekpruke, C. D., Pepin, R., Hansen, A. M., Rousselle, D., Babayev, M., Ndeke, J. M., Alford, R., Parker, E., Dickinson, S., Sharma, S., & Silveyra, P. (2023). “Thirdhand vaping exposures are associated with pulmonary and systemic inflammation in a mouse model”. Journal of Environmental Exposure Assessment, 2(4), Article 22. https://doi.org/10.20517/jeea.2023.27 

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Marcham, C. L., Floyd, E. L., Wood, B. L., Arnold, S., & Johnson, D. L. (2019). “E-cigarette nicotine deposition and persistence on glass and cotton surfaces”. Journal of Occupational and Environmental Hygiene, 16(5), 349–354. https://doi.org/10.1080/15459624.2019.1581366 

Matt, G. E., Quintana, P. J. E., Destaillats, H., Gundel, L. A., Sleiman, M., Singer, B. C., Jacob, P., III, Benowitz, N. L., Winickoff, J. P., Rehan, V., Talbot, P., Schick, S., Samet, J., Wang, Y., Hang, B., Martins-Green, M., Pankow, J. F., & Hovell, M. F. (2011). “Thirdhand tobacco smoke: Emerging evidence and arguments for a multidisciplinary research agenda”. Environmental Health Perspectives, 119(9), 1218–1226. https://doi.org/10.1289/ehp.1103500 

Matt, G. E., Quintana, P. J. E., Zakarian, J. M., Fortmann, A. L., Chatfield, D. A., Hoh, E., Uribe, A. M., & Hovell, M. F. (2011). “When smokers move out and non-smokers move in: Residential thirdhand smoke pollution and exposure”. Tobacco Control, 20(1), e1. https://doi.org/10.1136/tc.2010.037382 

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Stracci, J. M. A., Ganesan, A. P., Pitogo, P. G., & Smith, S. M. (2025). “The effects of thirdhand vape residue from nicotine and non-nicotine vapes on cells: A systematic review”. International Journal of Environmental Research and Public Health, 22(4), Article 465. https://doi.org/10.3390/ijerph22040465 

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Umphres, S. S., Alarabi, A. B., Ali, H. E. A., Khasawneh, F. T., & Alshbool, F. Z. (2024). “Investigation of the impact of thirdhand e-cigarette exposure on platelet function: A pre-clinical study”. Tobacco Induced Diseases, 22, Article 22. https://doi.org/10.18332/tid/185286 


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