Un informe global detecta en 28 países un patrón recurrente: mientras el cigarrillo retrocede, las formas de consumir nicotina sin combustión avanzan. Las curvas no establecen causalidad, pero permiten captar una transición que ya obliga a los gobiernos a conciliar reducción de riesgos, acceso y control del mercado.
En algunos gráficos del nuevo informe del Estado Global de la Reducción de Daños del Tabaco [Global State of Tobacco Harm Reduction – GSTHR], el cambio aparece incluso antes de que se explique. Mientras la curva del consumo de cigarrillos desciende, la de los productos de nicotina no combustibles asciende. Durante algunos años, ambas se aproximan hasta cruzarse. Según los autores, esto ya ha ocurrido en Suecia, Noruega, Islandia, Nueva Zelanda y el Reino Unido, donde la prevalencia de alguna forma de nicotina no combustible ha superado a la del cigarrillo. A partir de ahí, las curvas continúan en direcciones opuestas.
El cruce es apenas un detalle gráfico, pero apunta a un cambio en una historia de más de un siglo. El cigarrillo convirtió en inseparables dos cosas que no tenían por que estar unidas: la nicotina y la combustión. El fuego suministraba la primera y producía gran parte del daño. En algunos países, esa asociación empieza a deshacerse.
El informe, publicado en 2026 por Knowledge•Action•Change, sigue los cambios en el consumo de nicotina principalmente entre 2010 y 2025. Escrito por Harry Shapiro y Giorgi Mzhavanadze, con análisis de Tomasz Jerzyński, dimensiona una transformación que ya ha alcanzado escala mundial: alrededor de 129 millones de adultos utilizaban cigarrillos electrónicos en 2025 y otros 49 millones, productos de tabaco calentado en 2024.
Si se suman otras formas de nicotina oral, los autores estiman que el número de usuarios de productos no combustibles se aproxima a los 200 millones.
La cifra, sin embargo, es una estimación, no un censo. Los propios investigadores reconocen que una misma persona puede utilizar más de un producto y aparecer en categorías diferentes. En los países sin encuestas nacionales, las cifras sobre cigarrillos electrónicos dependen de modelos estadísticos; en el caso del tabaco calentado, parte de las estimaciones se deriva de volúmenes de ventas divulgados por los fabricantes y convertidos en cifras probables de usuarios. La incertidumbre de la medición no borra el fenómeno, pero obliga a ser prudentes respecto a lo que puede concluirse a partir de él. Esta distinción será importante más adelante: los datos muestran que el mercado de la nicotina está cambiando; explicar por qué cambia y qué significa ese cambio exige otro tipo de evidencia.
La tijera
Los autores analizaron datos de 28 países en los que, entre 2010 y 2025, el consumo de cigarrillos disminuyó mientras aumentaba el uso de vapeadores, tabaco calentado, snus o bolsas de nicotina.
Pero el cambio no adoptó la misma forma en todas partes. En el Reino Unido y Nueva Zelanda, los vapeadores desempeñan un papel importante; en Japón y Corea del Sur, destacan los productos de tabaco calentado. En los países nórdicos, las formas orales de nicotina pertenecen a una tradición de consumo muy anterior a la transición actual.
No hay, por tanto, una única tecnología que esté sustituyendo al cigarrillo. Hay transiciones moldeadas por hábitos de consumo, mercados y regímenes regulatorios diferentes. Comprender estas diferencias, y por qué varían tanto de un país a otro, es tan importante como constatar la caída del tabaquismo.
Pero existe una condición importante para interpretar esas diferencias: los 28 países no fueron seleccionados al azar. Entraron en el análisis precisamente porque presentaban el patrón que los investigadores pretendían describir: crecimiento del uso de productos no combustibles acompañado de una reducción del cigarrillo. La selección, por tanto, también concentra países en los que las estrategias de reducción de daños han encontrado mayor espacio, ya sea en la regulación o en el comportamiento de los consumidores. Existe además un marcado sesgo económico: 27 son economías de renta alta; Malasia, clasificado como país de renta media-alta, es la única excepción. Las curvas muestran que ambos movimientos se produjeron simultáneamente, pero no que uno causara el otro.
Una población puede fumar menos por muchas razones: impuestos más elevados, expansión de los espacios libres de humo, cambios en las percepciones sociales, menor iniciación entre los jóvenes, tratamientos más eficaces y un mayor acceso a alternativas de menor riesgo para consumir nicotina. Estos mecanismos no son excluyentes y pueden operar al mismo tiempo. Por eso la coincidencia entre la disminución del cigarrillo y el avance de otros productos no demuestra, por sí sola, una sustitución. Una correlación poblacional tampoco permite saber si quien aparece en una curva es la misma persona que desaparece de la otra. Aun así, la repetición de este patrón en distintos países y con diferentes tecnologías hace que la hipótesis resulte difícil de descartar y sea importante ponerla a prueba a nivel individual.
El fuego
Durante más de un siglo, el cigarrillo convirtió en casi inseparables, en el imaginario público, la nicotina, el tabaco, el humo y el cáncer. Biológicamente, sin embargo, esa asociación debe deshacerse. La nicotina causa dependencia, produce efectos fisiológicos y no es inocua. Pero el cáncer y las enfermedades pulmonares y cardiovasculares asociadas al cigarrillo se derivan de la exposición repetida a las sustancias tóxicas producidas por la combustión, no de la nicotina.
Eliminar la combustión, por tanto, no convierte un producto en seguro. Cambia el riesgo con el que debe compararse. Ese es el principio de la reducción de daños: reconocer que, cuando persiste un comportamiento de riesgo, proteger la salud también significa reducir el daño entre quienes continúan practicándolo.
En el caso de los cigarrillos electrónicos utilizados por personas que ya fuman, la evidencia va más allá de las tendencias poblacionales descritas por el GSTHR. El informe cita la actualización de 2025 de la revisión sistemática continua de Cochrane, que encontró evidencia de alta certeza de que los cigarrillos electrónicos con nicotina aumentan las probabilidades de dejar de fumar en comparación con las terapias tradicionales de sustitución de nicotina.
Ensayos clínicos específicos ayudan a dar una dimensión concreta a ese efecto. En Australia, entre adultos en situación de desventaja social, el 28,4 % de los participantes que recibieron productos de nicotina vaporizada se mantenían abstinentes del cigarrillo a los seis meses, frente al 9,6 % de quienes recibieron sustitución convencional de nicotina. En el Reino Unido, un estudio realizado en servicios de urgencias también registró una mayor abstinencia entre los pacientes que recibieron kits de vapeo y apoyo para dejar de fumar que en el grupo de control.
Estos resultados, sin embargo, no se aplican del mismo modo a todos los productos ni todos han sido estudiados con la misma intensidad. Los cigarrillos electrónicos cuentan con una base especialmente amplia de ensayos sobre riesgo y abandono del tabaquismo; para otras categorías, la solidez de la evidencia depende también de la pregunta planteada. Los productos orales sin combustión, especialmente el snus, acumulan décadas de investigación sobre sus riesgos en comparación con el cigarrillo, mientras que la literatura específica sobre las bolsas de nicotina es más reciente. Esta diferencia importa porque la evidencia sobre reducción de riesgos no es lo mismo que la evidencia sobre eficacia para dejar de fumar. El panorama, por tanto, no se divide entre productos seguros y peligrosos, sino entre distintos niveles de riesgo y distintos grados de conocimiento sobre cada producto y cada desenlace.
Antes que el producto, la trayectoria
La epidemiología suele organizar a las personas en categorías; la vida real, menos obediente, se organiza en trayectorias que casi nunca las personas consiguen controlar. Quien nunca ha fumado y empieza a consumir nicotina no recorre el mismo camino que quien abandona décadas de combustión por un producto de menor exposición. En ambos casos hay nicotina. Sin embargo, el riesgo se desplaza en direcciones opuestas.
Es esta asimetría la que hace especialmente difícil regular los nuevos productos. Las medidas con potencial para reducir la iniciación también pueden restringir las vías de salida del cigarrillo; las políticas que favorecen la sustitución pueden ampliar la disponibilidad de productos para quienes nunca han fumado. No existe, por tanto, una intervención que actúe del mismo modo sobre todos los consumidores.
La disputa regulatoria comienza precisamente en este punto: menos en la naturaleza abstracta del producto que en la trayectoria que interrumpe, prolonga o inaugura.
Mientras el consumo se diversificaba, la respuesta regulatoria también se fragmentaba. Entre principios de 2025 y marzo de 2026, según el GSTHR, al menos diez países aprobaron nuevas prohibiciones sobre una o más categorías de productos de nicotina no combustibles. Bangladés adoptó una prohibición amplia, Ghana prohibió los vapeadores, Vietnam restringió los vapeadores y el tabaco calentado y México incorporó la prohibición de los cigarrillos electrónicos al texto constitucional. En otros países, las restricciones afectaron a categorías específicas.
El resultado es una geografía regulatoria desigual. En marzo de 2026, según el GSTHR, al menos una de las cuatro categorías analizadas tenía venta legal en 128 países. En otros 73, donde vivía cerca de un tercio de la población mundial, ninguna de ellas podía comercializarse legalmente como producto de consumo. Sin embargo, existe una constante a ambos lados de esta división: el cigarrillo seguía siendo legal.
La asimetría revela un conflicto más difícil de lo que parece. Si el criterio es reducir el daño entre quienes ya fuman, resulta difícil justificar que el cigarrillo siga estando disponible mientras se prohíben productos de menor exposición.
El pasado de la industria tabacalera impide cualquier ingenuidad. Durante décadas, las empresas ocultaron riesgos, fabricaron dudas científicas y se resistieron a la regulación. Pero ese historial no resuelve por sí solo la pregunta de qué hacer con ellas ahora. Una política pública ambiciosa podría tratar a la industria no como un socio espontáneo, sino como un sector que debe ser transformado mediante coerción regulatoria: hacer progresivamente menos competitiva la combustión, imponer estándares estrictos a los productos de menor riesgo, restringir el marketing y el acceso de los menores y alinear los incentivos económicos con la sustitución del cigarrillo.
En ese escenario, la contribución de la industria a la salud pública no dependería de la confianza, sino de un diseño regulatorio capaz de alinear sus incentivos con objetivos sanitarios. El problema deja entonces de ser moral —confiar o no confiar— y pasa a ser institucional: ¿cómo construir reglas que funcionen incluso cuando los intereses siguen siendo divergentes? Es ahí donde el principio de precaución encuentra su límite más concreto, porque toda restricción genera respuestas en el mercado y en el comportamiento de los consumidores.
Con voluntad política y un Estado fuerte, es posible construir un sistema en el que la confianza resulte innecesaria.
La prohibición se encuentra con el mercado
En Dinamarca, este debate ya puede medirse en miligramos. El país estableció un límite de 9 miligramos de nicotina por bolsa, cuya plena aplicación está prevista para 2026. Según el GSTHR, alrededor del 90 % de los productos entonces disponibles quedarían fuera de ese límite. Lo que ocurriría con sus consumidores es menos seguro. Un modelo citado por el informe estima que el 35 % podría recurrir al mercado clandestino y el 13 % volver al cigarrillo.
Los modelos son tan fiables como las premisas que los sustentan, y sus resultados no deben tratarse como predicciones. Lo relevante no está tanto en los porcentajes proyectados como en el comportamiento que la regulación debe anticipar. Restringir un producto modifica los precios, la disponibilidad y las alternativas, pero no necesariamente elimina la demanda que existía. Una parte de los consumidores puede abandonar el uso; otra puede buscar sustitutos, recurrir al mercado ilegal o volver al cigarrillo.
El mercado clandestino hace que esta respuesta sea aún más difícil de medir. El propio GSTHR reconoce la fragilidad de las estimaciones disponibles, muchas de ellas elaboradas por empresas privadas de inteligencia de mercado. Existe también un problema de control sobre aquello que empieza a circular al margen de las normas. En Australia, los análisis de productos incautados encontraron fallos de etiquetado y sustancias incompatibles con las normas nacionales; en México, el informe describe la participación del crimen organizado en las cadenas ilegales de suministro. En Brasil, los cigarrillos electrónicos siguen fuera del mercado formal, sin que ello haya impedido su circulación.
La existencia de mercados clandestinos no constituye, por sí sola, un argumento a favor de la liberalización. Entre prohibir un producto y dejarlo en manos de las fuerzas del mercado existe un amplio campo regulatorio. El Estado puede determinar la composición, la concentración de nicotina, la presentación, los sabores, la publicidad, los puntos de venta y las condiciones de acceso, así como utilizar esas reglas para favorecer la sustitución entre los fumadores. Pero la prohibición tampoco hace desaparecer la demanda; suele desplazarla hacia circuitos sobre los que el Estado dispone de menos información y control. Regular exige, por tanto, considerar no solo el efecto que una norma pretende producir, sino también el comportamiento que puede provocar.
El precio de la salida
Hay una diferencia que los gráficos de prevalencia no muestran de inmediato: cuánto cuesta cambiar de producto. En los países de renta baja y media, donde vive gran parte de las personas que aún fuman, el informe identifica el precio como una barrera concreta para la sustitución.
Basándose en datos internacionales de comercio minorista, el GSTHR estima que, en estos países, el vapeador desechable más barato cuesta alrededor de 2,5 veces el precio de la marca de cigarrillos más barata; los sistemas de pods, aproximadamente 3,2 veces; los productos de tabaco calentado, 2,3 veces. En los países ricos, esa diferencia es mucho menor y, en algunas comparaciones, llega a desaparecer.
La diferencia no es solo económica. Define qué alternativas existen realmente. Para quien dispone de ingresos, distintas tecnologías pueden competir entre sí. Para quien debe decidir con un presupuesto ajustado, un producto dos o tres veces más caro puede estar disponible en el mercado y, aun así, quedar fuera de su alcance.
Es ahí donde la geografía de la transición se vuelve desigual. Los productos capaces de reducir la exposición a la combustión avanzan más rápidamente justo en países que ya han registrado importantes descensos del tabaquismo. Allí donde el cigarrillo sigue estando más asociado a la pobreza, estas alternativas pueden llegar más tarde, costar más o ni siquiera estar legalmente disponibles. El acceso a la reducción de daños pasa así a depender no solo de la ciencia o de la regulación, sino también de los ingresos.
Una transición en marcha
El Global State of Tobacco Harm Reduction es elaborado por Knowledge•Action•Change con financiación de Global Action to End Smoking. Según el informe, el financiador no participó en la concepción, el diseño, el análisis, la interpretación, la edición ni la aprobación del trabajo. La transparencia es relevante en un campo marcado por conflictos de interés y debe acompañar la lectura de sus resultados.
La trayectoria de los autores ayuda a explicar el tipo de pregunta que plantea el informe. Harry Shapiro llegó a la reducción de daños del tabaco después de más de tres décadas trabajando en políticas de drogas y VIH en el Reino Unido y participa en la serie GSTHR desde su primer informe, publicado en 2018. Tomasz Jerzyński, investigador de la Universidad de Varsovia y científico de datos del proyecto, trabaja en la recopilación y el análisis de las series que sustentan estos informes; en 2026 publicó con Giorgi Mzhavanadze una estimación académica de la población mundial de usuarios de cigarrillos electrónicos. Mzhavanadze, economista del GSTHR, centra su análisis en la relación entre la prevalencia del tabaquismo, la adopción de alternativas no combustibles y la regulación. La combinación de estas perspectivas ayuda a explicar la arquitectura del informe: observar el cambio a lo largo del tiempo y preguntarse si el avance de otras formas de consumir nicotina está alterando la trayectoria del cigarrillo.
Pero la importancia del informe reside sobre todo en la escala del fenómeno que consigue reunir. País por país, producto por producto, las series temporales registran un cambio que ya no cabe en los márgenes del mercado de la nicotina.
En contextos diferentes, el cigarrillo pierde terreno mientras las formas no combustibles avanzan por caminos distintos, a velocidades diferentes y bajo regímenes regulatorios que, en algunos casos, favorecen esa transición y, en otros, intentan contenerla.
Los datos no demuestran que el avance de los productos no combustibles esté causando la disminución del cigarrillo. Pero muestran algo que también importa: el mismo movimiento se repite en distintos países, bajo regímenes regulatorios diferentes y mediante tecnologías diversas. El informe no resuelve la cuestión de la sustitución; le da una escala suficiente para que ya no pueda ser ignorada.
La principal aportación del informe quizá resida precisamente ahí: mostrar que la relación entre nicotina, cigarrillo y combustión ha dejado de ser tan estable como parecía. En algunos países, consumir nicotina ya no significa necesariamente fumar. En otros, el cigarrillo sigue siendo dominante porque las alternativas cuestan más, están restringidas o todavía no han alcanzado una escala suficiente para competir con él.
Este cambio no seguirá la geometría limpia de los gráficos. Una parte de los consumidores abandonará cualquier forma de nicotina; otra dejará únicamente el cigarrillo; habrá consumo simultáneo, experimentación y trayectorias que no caben en una única dirección. La transición, por tanto, será menos uniforme de lo que sugieren las curvas y exigirá respuestas regulatorias capaces de distinguir situaciones que generan riesgos diferentes.
El GSTHR no muestra cómo terminará esta historia. Muestra que ya ha comenzado y que parece imparable.
Después de más de un siglo en el que el cigarrillo fue la forma dominante de consumir nicotina, en algunos lugares esa asociación empieza a deshacerse. La cuestión ahora no es únicamente cómo acelerar el declive del cigarrillo, sino qué lugar ocupará la nicotina en un mundo en el que fumar deje de ser la forma dominante de consumo.
- Shapiro, H., & Mzhavanadze, G. (2026). The Global State of Tobacco Harm Reduction 2026: A Situation Report. Knowledge•Action•Change.
Este artículo es una publicación original. Si encuentra algún error, inconsistencia o tiene información que pueda complementar el texto, comuníquese utilizando el formulario de contacto o por correo electrónico a redaccion@thevapingtoday.com.
