Los datos de 2025 sitúan el tabaquismo adulto en el 9,8 %. La evidencia sobre cesación ayuda a entender el lugar del vapeo, mientras las diferencias sociales explican dónde sigue concentrado el humo.
En el Reino Unido, menos de uno de cada diez adultos fumaba cigarrillos en 2025. La Oficina Nacional de Estadística británica publicó el 6 de octubre sus nuevas estimaciones: la prevalencia bajó al 9,8 %, desde el 10,6 % de 2024. El descenso indica la continuidad de una transformación considerable que viene desde 2011, cuando el 20,2 % de los adultos fumaba.
El resultado importa porque lo que hace que desaparezca de la vida cotidiana de quienes dejan el cigarrillo: la exposición al humo del tabaco. También plantea una pregunta para las políticas de salud. En un país donde el vapeo se ha convertido en una ayuda habitual para dejar de fumar, ¿cómo aprovechar esa vía sin perder de vista a quienes siguen fumando ni favorecer el inicio entre personas que no lo hacen?
La estadística no resuelve por sí sola cuánto aporta cada intervención, pero muestra que el retroceso del cigarrillo puede coexistir con un uso extendido de la nicotina sin combustión.
Más usuarios de vapeo que de cigarrillo
La segunda encuesta incluida en el informe, la Encuesta de Opiniones y Estilo de Vida, estimó que el 9,9 % de las personas de 16 años o más en Gran Bretaña vapeaba a diario u ocasionalmente. En esa misma población, el 8,7 % fumaba. El vapeo ya había superado al cigarrillo en 2024 y se mantuvo prácticamente estable en 2025.
Son resultados distintos de la cifra principal del 9,8 %, obtenida mediante la Encuesta Anual de Población para el Reino Unido entre las personas de 18 años o más. Cambian el territorio, la edad y la definición de fumador. Por ese motivo, no es posible comparar los porcentajes de las dos encuestas.
Tampoco se puede afirmar que todos los usuarios de vapeo son exfumadores: los totales no indican cuántos de ellos sustituyeron completamente el cigarrillo, cuántos combinan productos o cuántos comenzaron a vapear sin fumar. Esa distinción es necesaria para evaluar reducción de daños, aunque ambos indicadores nacionales avanzan en una dirección compatible con menos combustión.
La evidencia de cesación aporta otra escala
Para entender el lugar del vapeo en este panorama conviene mirar qué hacen las personas cuando intentan dejar de fumar. Un estudio de Sarah Jackson y colegas publicado en JAMA Network Open analizó encuestas inglesas de 2006 a 2024 entre 25.094 participantes que habían intentado abandonar el cigarrillo. En 2023–2024, los cigarrillos electrónicos fueron la ayuda más utilizada, presente en el 40,2 % de los intentos. Su uso se asoció con mayores probabilidades de éxito después de ajustar otras ayudas y características del intento.
La investigación se basa en respuestas de los participantes, no en asignación aleatoria ni verificación bioquímica de todos los abandonos. Describe una práctica extendida y una asociación favorable, pero no calcula la proporción de la caída nacional de 2025 que se produjo gracias al vapeo.
Los ensayos responden a otra pregunta: si ofrecer un producto alternativo ayuda a dejar el cigarrillo. La revisión de Cochrane de 2026 reúne evidencia de alta certeza de que los cigarrillos electrónicos con nicotina aumentan la cesación frente a las terapias de reemplazo de nicotina. Esa conclusión respalda su utilidad como ayuda, aunque no permite adjudicarles todo un cambio poblacional en el que intervienen otras políticas y conductas.
El beneficio buscado es abandonar el humo. La síntesis de exposición de la Oficina para la Mejora de la Salud y las Disparidades (OHID) encontró niveles considerablemente menores de muchos biomarcadores de sustancias dañinas entre quienes vapean en comparación con quienes fuman. La diferencia conserva su sentido al comparar una sustitución completa con seguir fumando. El uso dual requiere una evaluación propia y los efectos de décadas de uso aún necesitan seguimiento.
El promedio deja una tarea pendiente
La caída nacional no llega por igual a toda la población. Las nuevas tablas de la Oficina Nacional de Estadística (ONS) sitúan la prevalencia del tabaquismo entre trabajadores de ocupaciones rutinarias y manuales de 18 a 64 años en el 16,9 %, frente al 5,9 % en ocupaciones gerenciales y profesionales. Son categorías laborales, no una explicación causal individual, pero muestran dónde persiste una mayor carga de tabaquismo.
Por eso, contar menos fumadores debe ir acompañado de preguntar quién accede a ayudas eficaces y quién queda fuera. El Royal College of Physicians propone aprovechar el vapeo para reducir el daño del tabaquismo junto con medidas para limitar el acceso juvenil, controlar la promoción y mejorar los estándares de los productos. Ambos objetivos caben en la misma política.
El nuevo mínimo británico ofrece un resultado concreto: menos adultos siguen fumando. Para mantener ese avance, la siguiente prueba será reducir las diferencias entre grupos socioeconómicos y documentar cuántas personas logran salir completamente del cigarrillo con las ayudas disponibles. El éxito se mide en la cantidad de humo que deja de inhalarse, no necesariamente en la desaparición de toda forma nicotina de las encuestas.
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