En AIDS 2026, una conversación sobre tabaquismo y VIH mostró por qué la reducción de daños necesita salir de los compartimentos sanitarios. Gina Reyes reflexiona sobre evidencia, escucha y respuestas capaces de reconocer a las personas en toda su complejidad.
Río de Janeiro es una ciudad enorme, intensa y difícil de abarcar. Algo parecido ocurrió en AIDS 2026: más de 150 sesiones, 220 actividades en la Aldea Global y 2.400 pósteres reunieron ciencia, activismo y experiencias comunitarias durante seis días. Sin embargo, lo que más me marcó no fue la magnitud del programa, sino una pregunta que apareció entre conversaciones: ¿qué sucede cuando el VIH, el tabaquismo, la salud mental y los derechos humanos se encuentran en la vida de una misma persona?
La conferencia reunió a investigadores, profesionales de la salud, responsables de políticas, organizaciones comunitarias, defensores de derechos humanos y poblaciones clave. Participé en el marco de mi trabajo con Knowledge·Action·Change (K·A·C), y esa experiencia me permitió observar algo esencial: distintos campos de la salud pública tienen mucho que aprender cuando dejan de hablar únicamente consigo mismos.
Uno de esos cruces fue la reducción de daños del tabaquismo dentro de un espacio dedicado al VIH. Para muchas de las personas con las que conversé, esa perspectiva era nueva. Hubo preguntas, dudas e interés. No siempre hubo consenso, pero una conversación importante no tiene que comenzar con un acuerdo. A veces basta con que empiece con una pregunta honesta.
Cuando el tabaquismo atraviesa otras agendas de salud
El tabaquismo suele presentarse como un asunto separado: enfermedad respiratoria por un lado, cáncer por otro, VIH y tuberculosis en capítulos distintos. La vida real no funciona así.
En marzo de 2026, el Global State of Tobacco Harm Reduction (GSTHR) publicó el informe breve ¿Qué impacto tiene el tabaquismo en las personas que viven con VIH y cómo podría ayudar la reducción de daños del tabaquismo?, disponible en trece idiomas. El documento advierte que el tabaquismo es mucho más frecuente en esta población y resume riesgos adicionales de cáncer, enfermedad cardiovascular, tuberculosis y otras afecciones.
La magnitud no es idéntica en todos los lugares. Una revisión sistemática y meta-análisis de 37 estudios, con más de 111.000 personas que vivían con VIH y cerca de 11 millones de comparadores sin VIH, estimó unas probabilidades agrupadas de tabaquismo 1,64 veces mayores. La heterogeneidad entre estudios fue muy alta, por lo que no conviene convertir una cifra única en regla universal. Otra revisión Cochrane de 2024 señala que, según la población estudiada, la prevalencia puede llegar a ser hasta cuatro veces mayor que en la población general.
Los datos importan. Pero, después de Río, me resulta difícil quedarme solo con ellos. Detrás de cada porcentaje hay una persona; detrás de cada factor de riesgo, una historia.
Las personas no viven en categorías independientes. Una misma vida puede estar atravesada al mismo tiempo por el VIH, el consumo de cigarrillos, la salud mental, el estigma, la exclusión y la pertenencia a una comunidad. Si esas experiencias coexisten, las respuestas de salud pública tampoco deberían organizarse como compartimentos incomunicados.
Son problemas distintos, pero no pertenecen a personas distintas.
Empezar por las personas reales
Ese punto es central para comprender la reducción de daños. Su punto de partida no es una persona ideal, sino personas reales: con circunstancias concretas, prioridades que compiten entre sí y dificultades para cambiar una conducta de un día para otro.
En el caso del tabaquismo, dejar de fumar por completo continúa siendo la meta que elimina la exposición al humo del cigarrillo. Prevenir el inicio y ofrecer apoyo efectivo para la cesación siguen siendo prioridades. Pero también debemos preguntarnos cómo reducir el daño entre los adultos que continúan fumando y que no pueden o no desean abandonar la nicotina de inmediato.
En ese marco, el comparador importa. La reducción de daños evalúa la sustitución completa del cigarrillo combustible por alternativas sin combustión frente a la posibilidad de seguir fumando; no compara el consumo de nicotina con no consumir nada. Tampoco significa que los productos alternativos sean inocuos ni que todas las categorías tengan la misma evidencia.
Esta conversación exige regulación responsable, información comprensible y protección de quienes no consumen nicotina, en especial los jóvenes. También exige reconocer los límites de lo que sabemos. El informe de GSTHR propone integrar la reducción de daños del tabaquismo en los servicios de atención del VIH, pero esa es todavía una propuesta apoyada principalmente en evidencia general sobre tabaquismo y alternativas sin combustión, no una intervención cuya efectividad se haya demostrado ampliamente dentro de esta población específica.
La revisión Cochrane de 2024 encontró que la evidencia sobre intervenciones de cesación dirigidas a personas que viven con VIH sigue siendo limitada. Identificó 17 estudios, concentrados sobre todo en países de ingresos altos, y no halló un beneficio claro del apoyo conductual intensivo frente al consejo breve o la ausencia de intervención adicional. Sí encontró evidencia de certeza moderada de que la vareniclina podría ayudar más que un placebo, aunque los datos procedían de solo dos estudios. La conclusión no es que haya que dejar de intervenir, sino que hacen falta más opciones, mejor estudiadas y adaptadas a contextos diversos.
Hablar de reducción de daños con seriedad significa sostener estas dos ideas al mismo tiempo: el cigarrillo combustible causa un daño extraordinario y las respuestas destinadas a quienes continúan fumando deben evaluarse con evidencia, sin simplificaciones ni juicios morales.
Escuchar también es una forma de avanzar
Otra lección de Río fue el valor de escuchar. En salud pública a veces medimos el progreso mediante políticas aprobadas, investigaciones publicadas o programas implementados. Todo eso importa, pero el progreso también puede comenzar cuando alguien escucha una idea nueva y decide examinarla con atención.
Durante AIDS 2026, muchas de las conversaciones más valiosas no ocurrieron en las sesiones formales. Sucedieron en los pasillos, en la Aldea Global o alrededor de una mesa. No siempre terminaron en acuerdo. Sí abrieron un espacio para comprender por qué otra persona veía un problema de manera distinta.
La reducción de daños suele generar debates intensos porque obliga a hablar de riesgo, conducta, autonomía y regulación. Esos debates se empobrecen cuando se reducen a consignas. Escuchar no significa renunciar al rigor ni aceptar cualquier afirmación: significa crear las condiciones para que la evidencia pueda discutirse sin borrar a las personas a quienes pretende servir.
La comunicación no es el último paso
La salud pública produce conocimiento constantemente, pero el conocimiento no genera impacto por sí solo. La evidencia necesita ser traducida, explicada y comunicada de manera que pueda ser comprendida fuera de los círculos científicos.
La comunicación, por tanto, no es un adorno que se añade al final de una investigación. Forma parte del camino que recorre la ciencia para llegar a las personas, orientar decisiones y convertirse en acción. Si el lenguaje excluye, estigmatiza o no dialoga con las experiencias concretas, incluso una buena evidencia puede quedarse sin destino.
AIDS 2026 mostró que existe espacio para conectar el conocimiento sobre tabaquismo con otras agendas de salud pública. No se trata de sustituir las estrategias existentes de prevención y cesación, sino de complementarlas, formular mejores preguntas y reconocer que la realidad suele ser más compleja que nuestras categorías.
VIH, tabaquismo, salud mental y derechos humanos son campos distintos en los organigramas. En la vida cotidiana, convergen en las mismas personas. El puente que necesitamos construir une la evidencia con esa vida diaria, las agendas de salud entre sí y el conocimiento con las comunidades capaces de convertirlo en cambio.
Gina Lozano Reyes participó en AIDS 2026 en el marco de su trabajo con Knowledge·Action·Change (K·A·C).
Transparencia: K·A·C desarrolla el proyecto GSTHR. De acuerdo con la declaración publicada junto al informe citado, el proyecto recibe una subvención de Global Action to End Smoking —antes Foundation for a Smoke-Free World— y la entidad financiadora no intervino en el diseño, la ejecución, el análisis ni la interpretación de ese documento.
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